el horno

un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado. te quedas en casa y tienes muchos planes. mucho que hacer sí sí, mucho que hacer. hoy sales del atolladero. hoy limpiarás el horno, por ejemplo. y te pones manos a la obra. un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado. te las prometes muy felices, empiezas suave, friegas los platos, no hay por qué estresarse. son las doce del mediodía. no hay por qué estresarse. haces la mitad de la fregada. en todos los trabajos se fuma. te distraes con el cigarro en la mano, los ojos en la pantalla del ordenador. internet es un abismo. las dos, mierda, la fregada. la acabas. hoy es tu día especial. hoy vas a hacer grandes cosas. poner en orden tu día a día. poner en orden los días cualquiera con este inefable día especial. un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado.

ahora tocas tú, horno. lo abres. lo miras. negro de grasa. negro negro de grasa, como mis días. hoy te voy a dar lo tuyo hornito. cojo un producto que se dejó mi ex-mujer en casa: limpia hornos bosque azul. soy de los que leen las etiquetas. mala costumbre, así me engaña la gente con tanta facilidad. me creo que son sinceros. también creo que son sinceros los fabricantes de limpiahornos. en un momento estarás limpio como una patena. primera impresión: ¡esto es un puto veneno! por poco me intoxico mientras  rocío esa espuma blanca y corrosiva por todo el interior del horno. quince minutos para que actúe en hornos con un grado de suciedad normal. siempre tiendo a equivocarme cuando juzgo el grado de mierda de un horno, me pasa con otras cosas también.

un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado.

ha pasado el tiempo y ahora te voy a dar un buen friegue. empiezo con tenacidad. no tardo en darme cuenta de que el puto producto ese ha exagerado un poco con su eficacia. la grasa está pegada en costras, no, casi parece que forma parte del esmalte del horno. dale que te pego y a penas me concede verle algunos rodales limpios. el horno era gris claro cuando se compró. al menos ahora sé de que color es. bien. otra dosis. esta vez le daré un horita. gasto el bote entero. el interior del horno parece ahora un belén, lleno de nieve, escondiendo bajo ese blanco toda la inmundicia de tantos y tantos días. lo cierro. en todos los trabajos se fuma, las seis de la tarde. el día especial se va recubriendo de grasa. de hastío, de agotamiento. un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado. vuelvo. querido, ahora ya no va a haber quien me pare. me arremango. me hinco de rodillas. abro la puerta. la nieve del belén ha desaparecido, ahora lo que hay es en la base un charco hediondo de espuma y de grasa disuelta. parece que se ve más gris. me crezco. le doy con saña. un par de veces me golpeo con la resistencia del grill y maldigo mi sombra. sigo, dale que te pego. pero todavía no queda limpio. ahora tiene el aspecto de unos pantalones sobre los que han caído la salpicadura de un charco tras pasar un coche veloz por él ¡NECESITO QUITAR HASTA LA ÚLTIMA SEÑAL DE GRASA! decido tomar medidas desesperadas. lo enciendo. que se caliente. caliente la grasa cederá. en todos los trabajos se fuma. las ocho y media de la tarde.

un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado.vuelvo al abismo de internet. me llama mi ex mujer, y mientras hablo con ella empiezo a oler un olor extraño. mierda. voy a la cocina. el interior del horno es una nube blanca de gases tóxicos. el fantasma de las navidades pasadas presentes y futuras. el puto raknarrok, ahí, esperando a que yo abra la puerta del horno para meterse en mi cabeza a través de mis vías respiratorias. cojo un trapo y lo mojo. me lo pongo en la boca. las pelis son útiles cuando uno no sabe qué hacer (esto pasa también cuando uno no sabe qué decir). cierro la puerta de la cocina. abro la puerta de la terraza. abro la puerta del horno. la nube sale y, como si tuviese una misión perversa que cumplir,  se arremolina sobre mi cabeza, expectante, atenta a cualquier distracción por mi parte. pero me muevo rápido y, a pesar de que ella se apresura a seguirme, consigo salir de la cocina y cerrar la puerta tras de mi antes de que me alcance. lo logré pero, el horno ahí está, esperando, calentito.

calentito, y tan calentito, tras comprobar que la nube se ha disipado, pero no el olor a veneno, el olor no, me he puesto a limpiar el horno con un trapo mojado y, cómo no, me he quemado la oreja, porque no se me ha ocurrido otra cosa que meter la cabeza en el horno para ver mejor los detalles de grasa que quedaban por quitar. sí, lo de Van Gogh al lado mío queda muy romántico y tal, el discutiendo con Gauguin, yo con mi horno. pero ahora, si me vieseis, tengo un aspecto parecido con la oreja vendada. pero volvamos al horno. que más que un Gauguin lo he dejado con aspecto de un Pollock, ya que al final, tras el incidente de la oreja, he decidido dejarlo con su ración de grasa que un día cualquiera es como un día especial, un día especial se hace cualquier día en el momento menos esperado. hora de cenar.

¿por qué no?

no busco en el nicho a la palabra, la dicha. la llamo dicha. o la llamo felicidad. o no la llamo, dejo que llegue. el orden preciso de las formas no reside en el mundo, no reside en mí. está en el contacto. pero es fácil perder cobertura, regresar al bostezo original. al final la rebeldía es el habla y por eso el rebelde no puede ser un solitario. hacen falta al menos dos seres libres.

De paso

en la ventana no hay nada. abierta. desde la ventana la calle. desde la calle yo. yo junto a la ventana. no le queda mucho a este cigarro. no le queda mucho al día. debería moverme. juntar todas las opciones que tengo en la palma de mi mano. no se me da bien tomar decisiones. hoy no he hablado con nadie. qué importa. como si tuviese algo que hacer. como si algo estuviese esperando a que yo tomase una decisión. yo solamente quiero oír unas palabras. unas del tipo “levántate y anda”. seguramente me pondría a andar. hoy no he hablado con nadie.

en el espejo retrovisor no hay nada. desde él el camino que voy abandonando momento a momento. desde el camino que voy abandonando momento a momento mi coche. yo dentro. no le queda mucho a esta canción. me gusta esta canción. no le queda mucho a mi ocio. el trabajo está aquí. lavar gente. hacer camas. deshacer camas. mover gente. de un lado a otro.

un mensaje. tu padre está en el hospital. y lo primero que pienso es en si lo habrán ingresado en el que yo trabajo. sería mejor. luego me preocupo por él. en el umbral de la puerta de los vestuarios no hay nada. desde el umbral gente desvistiéndose y vistiéndose. desde la gente desvistiéndose y vistiéndose yo diciendo que mi padre ha sido ingresado. alguien pregunta si en este hospital. sería mejor. no lo sé. tengo que preguntarlo, pienso. tendrías que preguntarlo, me dicen. tengo que preguntarlo.

abandono el hospital. voy al hospital. en un hospital muevo gente, lavo gente, hago camas, deshago camas. en un hospital no hay camas, no hay gente, está mi padre. llego. entro en el ascensor. miro mi reflejo en la puerta del ascensor. en mis ojos no hay nada. desde mis ojos mi rostro. desde mi rostro algo indecible. la puerta se abre. el reflejo me abandona, mi rostro, lo indecible, se quedan mis ojos con esa nada que espera a que alguien le diga “levántate y anda”.

la habitación está vacía y mi padre está dentro. ¿y mamá? es tan pequeña que casi no se la ve. se levanta de un silloncito que hay frente a la cama para saludarme. con pasitos cortos se acerca, me coge la cara como si fuese un cuenco para beber y me da un beso en la mejilla. 

              -no deberías trabajar en ese sitio.

              -no debería trabajar, mamá.

              -deberías relacionarte más con la gente. 

              -no me gustan las malas compañías.

              -acabarás solo al final.

              -es un buen comienzo.

las miradas de los tres confluyen en el ortocentro del triángulo que formamos. una bonita forma de evitarnos. una forma geométricamente impecable. la habitación está vacía. llena de espacios vacíos; de oquedades pasadas, de incertidumbres futuras. me muero. pero no le oigo decir eso. aunque es eso lo que debería haber dicho. me acerco al borde izquierdo de su cama. te mueres. te mueres. te mueres. aunque no es eso lo que le digo. no le digo nada. y no pienso en él. en mi mente no hay nada. abandonada. desde mi mente su respiración cada vez más trabajosa. desde su respiración yo, observando cómo se va deshaciendo su rostro en fría inercia. sin darme cuenta me pongo a calcular las respiraciones que hace por cada respiración mía. sin darme cuenta me propongo acompasar las respiraciones para que mi pecho se hinche a la vez que el suyo. mi madre llora. mi padre me coge de la mano. la aprieta un poco. no para quedarse aquí. la aprieta porque quiere llevarme con él. entiendo el gesto, agarro firmemente su mano.

su cuerpo se ha convertido en él. ya no es una imagen suya. ya no es un ejemplo de lo que debe ser su espíritu. ahora es él. está vacío. desde mi padre la muerte. desde la muerte algo indecible, algo más o menos como yo. 

 

frase escondida.

las nubes flotan en la superficie del cielo como cadáveres de ballenas. grises. y la lluvia llegará pero todavía no. sujeto con mi mano izquierda una frase y se la quiero llevar a alguien que sea capaz de pronunciarla. la frase es mía, me pertenece, pero no puedo decirla yo. tengo que esperar. y espero, pero me muevo. voy moviéndome. viajo. de un lado a otro de la tierra. dejándome distraer por esas cosas que suelen distraer a los hombres. mi mano, sin embargo, sigue asiendo la frase. noche tras noche los sueños me dicen cosas, cosas que al despertar no recuerdo. son imágenes, son poemas visuales, de esos que te dejan el sabor, pero no te dejan nada más. voy cometiendo error tras error, acierto tras error, acierto tras acierto. voy produciendo una biografía que se va asemejando cada vez más a la de cualquiera, es decir, también a la de mi padre. un día regreso a casa de mis padres, y mi padre está viejo, vulnerable, y yo ahora soy el padre, el padre que recuerdo cuando recuerdo a mi padre. cuando me acerco a él me agarra del brazo izquierdo, noto sus gruesos dedos apretando mi brazo, me dice:

- ¿Tú te das cuenta de que esa frase no la sueltas nunca?

le contesto,

- Papá, ya ni me acuerdo de ella.

- Pues que no se te olvide hijo, que no se te olvide.

que no se me olvide. así salgo a la calle. preguntándome en qué consiste deber hacer algo, en qué se fundamenta, dónde está la obligación. no hay obligación. me subo al coche. conduzco. voy buscando algo que hacer, pero el qué hacer está escondido detrás de tantas cosas inútiles. opto por lo inútil. opto por hacer algo.

- Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, – me dice la de los cines.

- Sí.

- ¿Aún vas con esa frase en la mano izquierda?

- Sí ¿qué pone?

- Ya intenté leerla, ¿no te acuerdas?

- Sí, pero no sé, la gente cambia ¿no?

- ¿Tú crees?

- Tengo fe en ello.

- Siento poner a prueba esa fe ¿qué película quieres ver?

- ¿Me aconsejas alguna?

- Ve a ver esta.

entro en la que me aconseja. salgo a la hora y tres cuartos. miro al cielo, por ahí siguen las ballenas muertas. la pelicula me ha gustado: los optimistas se llama. una cinta muy apropiada para la ocasión. me siento exactamente igual de optimísta que los personajes que vagan por la película. un mensaje en el móvil.

Estoy en el cafenet ¿vienes?

Claro ¿quién eres? no tengo tu número

Soy quien te va a leer la frase que llevas en la mano izquierda

¿alguien en su sano juicio puede decir que no a esta invitación? a veces pienso que algún día los cadáveres de las ballenas caerán sobre nosotros, así, porque ya toca, y destrozarán los coches. y los parques, y el mobiliario urbano. y reventarán y lo macharán todo de visceras. pero son nubes, no ballenas, y las nubes llueven, ya está, pero no todavía. todavía no llueve. llego hasta el cafenet. está prácticamente vacío. miro a los cuatro gatos y gatas que hay, no reconozco a ninguno. los oigo ronronear y maullarse. me siento un poco perro. me dan ganas de perseguirlos. de ladrarles. de hacer que se suban a las mesas tirando los botellines y los cubatas. que corran por las paredes. no lo hago, por supuesto. me limito a sentarme en la barra y esperar.

- Hola, ponme un ron-cola.

- En seguida.

- Oye ¿alguien ha preguntado por mi?

- ¿Quién eres?

- Esa es una buena pregunta… ¿Quién soy, narrador?

- Eres una especie de Yo.

- Bueno, si soy una especie de tú entonces tendrás que ponerme nombre ¿cómo te llamas?

- No, el mío no. Espera… te llamas… Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Nadie ha preguntado por tí, Pedro, aquí tienes tu ron-cola.

pasan tres cubatas y seis cigarros. eso es bastante tiempo. estoy pensando ya en irme. pero mi frase, me ha dicho que la leería. hago lo posible por permanecer más tiempo. pero el lugar ya está repleto de gatos. y yo ya no soy un perro, soy un puto lobo. trato de distraerme con la publicidad que tienen sobre la barra. entonces veo algo que llama mi atención:

Espectáculo de Magia. Día 27 de Octubre. A las 00:00. En Sala Wah Wah. Actua: Sirene.

esto es de esas cosas que si uno pasa por alto en un momento así es que le gusta perder el tiempo. decido ir, claro, como ya sabéis, no me gusta perderlo. cuando entro en la sala el espectáculo ya ha comenzado. me siento, cómo no, en la barra.

- Un ron-cola, por favor.

la mujer que hay sobre el escenario, con un traje negro de luces, acaba de sacar a alguien del público…

Está bien, escoge una carta

¿Ésta? ¿Estás seguro?

Muy bien, pues ahora la introducimos en el mazo, así, métela bien, yo no estoy mirando. Vale, pues barajamos, barajamos bien… ahora toma, corta por donde quieras.

Así, bien. Entonces ahora es cuando te digo que la tienes en el bolsillo ¡pero no! ¿a que no?, claro, en el bolsillo tienes un chicle, un mechero y una tarjeta de la peluquería

¿No tienes eso? ¡Vaya! ¿pero a que te hubieses quedado de piedra si lo hubiese adivinado?

Bueno, igual la tengo yo en el bolsillo ¿Puedes meterme la mano? Chsss, con cuidado, que tu mujer está entre el público, para eso nene después de la función ¿no es tu mujer? Chica, toma nota, te niega por la primera que le pide que le meta la mano.

Bueno qué ¿encuentras algo? ¡Pero bueno! ¡un mechero, un chicle y la tarjeta de la peluquería! Ya decía yo que en algún bolsillo estaban. Vale, prueba en el otro, lo siento nena, una tiene que aprovechar las ocasiones, en eso pienso como tu chico.

Ah ¿era esa carta? ¿no? A ver a ver ¿Puedes venir tú, cariño? Luego le das el guantazo, pero mira a ver si tú le encuentras la carta en el bolsillo. Sí sí, el mismo de antes, claro. Bueno, bueno, mi mechero, el chicle, la tarjeta de la peluquería ¡y una carta! ¿es esta carta? Voliá.

Esto prueba, señoras y señores, que… no sé lo que prueba ¡saquen sus conclusiones! ¡gracias a los dos! ¡Podéis sentaros! ¡Un aplauso!

el espectáculo continuó media hora más. cuando terminó, Sirene se marchó entre una modesta ovación, y despareció tras una puerta de color rojo. la gente continuó la charla donde la había dejado. yo decidí ir a su encuentro, estaba seguro de que era importante hablar con ella, incluso llegué a pensar durante el espectáculo que había sido ella la que me había mandado el sms. por eso estoy ahora aquí tirado en el suelo de un oscuro callejón y con las gafas rotas. con la mejilla derecha tocando el frio y húmedo suelo, comienzo a sentir cómo unas gotas empiezan a resbalarme por la mejilla izquierda ¿estoy llorando, narrador?

- No Pedro, sólamente llueve.

ja, solamente llueve, lo dices como si fuese un consuelo, o un hecho de menor importancia que llorar. oigo el sonido de unos tacones acercándose a mí.

- ¿Por qué has hecho eso?

- ¿El qué?

- Mira como estás ¿te duele?

- ¿El qué?

es Sirene.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Soy ilusionista, no maga.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Ven conmigo.

me ayuda a levantarme. me dice que no debería de haberle insistido al chico de la puerta roja que tenía que entrar. me dice que tampoco debería de haberle pegado un puñetazo. pero, y qué debería haber hecho. hay veces que uno tiene que poner toda la carne en el asador.

- Ven, entremos aquí, está lloviendo demasiado.

el sitio está bien, bueno para una historia de un tipo que tiene una frase asida en su mano izquierda y que quiere que alguien se la diga. luces ténues y rojas, carteles de películas antiguas y grupos de música olvidados, mesas camilla con tapetes de punto y una vela encendida en cada mesa.

- Un ron-cola por favor ¿tú qué quieres, Sirene?

- Bien, quiero que no bebas más.

- Uno no siempre consigue lo que quiere ¿nos pones dos, por favor?

- Bueno ¿y por qué querías verme?

- ¿Me has mandado un sms a mi móvil?

- Si no sé ni cómo te llamas, cómo voy a mandarte un sms.

- ¿Cómo me llamaba, narrador?

- Te llamabas Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Bien, Pedro ¿y que te decía en mi sms?

- Que podías decirme qué frase tengo en mi mano izquierda.

- Es verdad, puedo hacerlo, déjame verla.

me coje de la mano y me ayuda a abrir la palma, cuesta, lleva tanto cerrada. se queda un rato mirándola, absorta, concentrada, como quien lee atentamente el menú del restaurante para elegir plato. después levanta la mirada hasta cruzarse con la mía. tiene los ojos grandes, escrutadores, su mirada es un misterio pero que preconiza poder, es como la mirada de la Esfinge o de la Monalisa. Sirene sonríe y dice:

- La frase dice:

La realidad comienza en los sueños.



Futuro (bis), 1ª Parte.

Ayer dos personas que estaban a mi lado en la barra del bar conversaban sobre asuntos personales. El caso es que uno de ellos por lo visto andaba muy preocupado con cuál iba a ser su situación ahora que había decidido dejar el trabajo. Como yo no tenía nada mejor que hacer pegué la oreja mientras mi cigarro y mi cerveza se iban consumiendo. El susodicho llevaba una camiseta roja mientras que el amigo llevaba una azul. El de la camiseta roja, a partir de ahora R., hablaba animadamente, pero con ese tipo de ánimo que recuerda más a desesperación que a otra cosa. Mientras, el de la camiseta azul, a partir de ahora A., escuchaba con paciencia, pero con ese tipo de paciencia que huele ya a impaciencia. Parece que todo giraba en torno a que precisamente había sido A. quién le había metido en la cabeza que dejase ese trabajo y se dedicase a lo que R. realmente estaba destinado. El detalle sobre cuál era el destino de R. no fue mencionado en la conversación, pero parece que tenía que ver con algo artístico. R., estaba tratando de decirle a mi entender que estaba muy satisfecho con su decisión, que no echaba para nada de menos su trabajo, que incluso la cuestión económica le dejaba indiferente. Explicaba cómo había logrado, a través de un escrupuloso control del gasto y de vender su coche y no sé qué más, tener una vida muy modesta pero poder dedicarse de pleno a lo suyo. Decía también que desde que había abandonado el trabajo se levantaba todas las mañanas con ánimo, con ilusión, como si cada día fuese a ser de vital importancia para el resto de su vida. A. le escuchaba dando tragos a su cubata y largas caladas a su cigarro, asintiendo pero con una tizna de indiferencia que para mí era un nítido síntoma de que esperaba finalizar lo antes posible esa línea temática. Decidí pedirme otra cerveza. Me encendí otro cigarro.

-          Mira, R., cuando te dije que tú no eras feliz por causa de tu trabajo…

-          ¡Sí!, eso fue lo que me dijiste. Y yo concluí que debía dejármelo.

-          Sí, lo sé, lo sé.

-          Pero ahora me dices que mi obra no te gusta, que no te gusta en lo que me he convertido.

-          Yo nunca te dije que hacer eso te haría mejor para mí, a mí me parecías bien como eras.

-          No lo entiendo, no lo entiendo. Se supone que esos consejos se dan porque espera uno que lo sigan.

-          Bueno, no necesariamente. Tú me pediste mi opinión, yo te conozco y sé que lo mejor para ti es que te dediques a lo tuyo… pero eso no significa que yo eso lo vea bien.

-          Vale, ¿entonces tú, a alguien que ansía matar, le aconsejarías que lo hiciese si así es feliz, aunque a ti no te parezca bien?

-          Yo lo que hago es ponerme en tu piel, nada más. Si me pongo en la piel de un asesino pues sí, pero no sería amigo de un asesino.

-          ¿Me estás diciendo que ya no eres mi amigo?

-          Bueno, te estoy diciendo que a mí, que me hables de tus historias me pone incómodo, porque no me interesan. No me gusta hablar de eso contigo. No me gusta tu obra, R..

-          Pero entonces ¿y el futuro? ¿y mi futuro? ¡yo contaba contigo cuando opté por ese futuro!

-          Mira R., no hablemos del futuro, eso ya ha pasado.

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