Ayer dos personas que estaban a mi lado en la barra del bar conversaban sobre asuntos personales. El caso es que uno de ellos por lo visto andaba muy preocupado con cuál iba a ser su situación ahora que había decidido dejar el trabajo. Como yo no tenía nada mejor que hacer pegué la oreja mientras mi cigarro y mi cerveza se iban consumiendo. El susodicho llevaba una camiseta roja mientras que el amigo llevaba una azul. El de la camiseta roja, a partir de ahora R., hablaba animadamente, pero con ese tipo de ánimo que recuerda más a desesperación que a otra cosa. Mientras, el de la camiseta azul, a partir de ahora A., escuchaba con paciencia, pero con ese tipo de paciencia que huele ya a impaciencia. Parece que todo giraba en torno a que precisamente había sido A. quién le había metido en la cabeza que dejase ese trabajo y se dedicase a lo que R. realmente estaba destinado. El detalle sobre cuál era el destino de R. no fue mencionado en la conversación, pero parece que tenía que ver con algo artístico. R., estaba tratando de decirle a mi entender que estaba muy satisfecho con su decisión, que no echaba para nada de menos su trabajo, que incluso la cuestión económica le dejaba indiferente. Explicaba cómo había logrado, a través de un escrupuloso control del gasto y de vender su coche y no sé qué más, tener una vida muy modesta pero poder dedicarse de pleno a lo suyo. Decía también que desde que había abandonado el trabajo se levantaba todas las mañanas con ánimo, con ilusión, como si cada día fuese a ser de vital importancia para el resto de su vida. A. le escuchaba dando tragos a su cubata y largas caladas a su cigarro, asintiendo pero con una tizna de indiferencia que para mí era un nítido síntoma de que esperaba finalizar lo antes posible esa línea temática. Decidí pedirme otra cerveza. Me encendí otro cigarro.
- Mira, R., cuando te dije que tú no eras feliz por causa de tu trabajo…
- ¡Sí!, eso fue lo que me dijiste. Y yo concluí que debía dejármelo.
- Sí, lo sé, lo sé.
- Pero ahora me dices que mi obra no te gusta, que no te gusta en lo que me he convertido.
- Yo nunca te dije que hacer eso te haría mejor para mí, a mí me parecías bien como eras.
- No lo entiendo, no lo entiendo. Se supone que esos consejos se dan porque espera uno que lo sigan.
- Bueno, no necesariamente. Tú me pediste mi opinión, yo te conozco y sé que lo mejor para ti es que te dediques a lo tuyo… pero eso no significa que yo eso lo vea bien.
- Vale, ¿entonces tú, a alguien que ansía matar, le aconsejarías que lo hiciese si así es feliz, aunque a ti no te parezca bien?
- Yo lo que hago es ponerme en tu piel, nada más. Si me pongo en la piel de un asesino pues sí, pero no sería amigo de un asesino.
- ¿Me estás diciendo que ya no eres mi amigo?
- Bueno, te estoy diciendo que a mí, que me hables de tus historias me pone incómodo, porque no me interesan. No me gusta hablar de eso contigo. No me gusta tu obra, R..
- Pero entonces ¿y el futuro? ¿y mi futuro? ¡yo contaba contigo cuando opté por ese futuro!
- Mira R., no hablemos del futuro, eso ya ha pasado.