De paso

en la ventana no hay nada. abierta. desde la ventana la calle. desde la calle yo. yo junto a la ventana. no le queda mucho a este cigarro. no le queda mucho al día. debería moverme. juntar todas las opciones que tengo en la palma de mi mano. no se me da bien tomar decisiones. hoy no he hablado con nadie. qué importa. como si tuviese algo que hacer. como si algo estuviese esperando a que yo tomase una decisión. yo solamente quiero oír unas palabras. unas del tipo “levántate y anda”. seguramente me pondría a andar. hoy no he hablado con nadie.

en el espejo retrovisor no hay nada. desde él el camino que voy abandonando momento a momento. desde el camino que voy abandonando momento a momento mi coche. yo dentro. no le queda mucho a esta canción. me gusta esta canción. no le queda mucho a mi ocio. el trabajo está aquí. lavar gente. hacer camas. deshacer camas. mover gente. de un lado a otro.

un mensaje. tu padre está en el hospital. y lo primero que pienso es en si lo habrán ingresado en el que yo trabajo. sería mejor. luego me preocupo por él. en el umbral de la puerta de los vestuarios no hay nada. desde el umbral gente desvistiéndose y vistiéndose. desde la gente desvistiéndose y vistiéndose yo diciendo que mi padre ha sido ingresado. alguien pregunta si en este hospital. sería mejor. no lo sé. tengo que preguntarlo, pienso. tendrías que preguntarlo, me dicen. tengo que preguntarlo.

abandono el hospital. voy al hospital. en un hospital muevo gente, lavo gente, hago camas, deshago camas. en un hospital no hay camas, no hay gente, está mi padre. llego. entro en el ascensor. miro mi reflejo en la puerta del ascensor. en mis ojos no hay nada. desde mis ojos mi rostro. desde mi rostro algo indecible. la puerta se abre. el reflejo me abandona, mi rostro, lo indecible, se quedan mis ojos con esa nada que espera a que alguien le diga “levántate y anda”.

la habitación está vacía y mi padre está dentro. ¿y mamá? es tan pequeña que casi no se la ve. se levanta de un silloncito que hay frente a la cama para saludarme. con pasitos cortos se acerca, me coge la cara como si fuese un cuenco para beber y me da un beso en la mejilla. 

              -no deberías trabajar en ese sitio.

              -no debería trabajar, mamá.

              -deberías relacionarte más con la gente. 

              -no me gustan las malas compañías.

              -acabarás solo al final.

              -es un buen comienzo.

las miradas de los tres confluyen en el ortocentro del triángulo que formamos. una bonita forma de evitarnos. una forma geométricamente impecable. la habitación está vacía. llena de espacios vacíos; de oquedades pasadas, de incertidumbres futuras. me muero. pero no le oigo decir eso. aunque es eso lo que debería haber dicho. me acerco al borde izquierdo de su cama. te mueres. te mueres. te mueres. aunque no es eso lo que le digo. no le digo nada. y no pienso en él. en mi mente no hay nada. abandonada. desde mi mente su respiración cada vez más trabajosa. desde su respiración yo, observando cómo se va deshaciendo su rostro en fría inercia. sin darme cuenta me pongo a calcular las respiraciones que hace por cada respiración mía. sin darme cuenta me propongo acompasar las respiraciones para que mi pecho se hinche a la vez que el suyo. mi madre llora. mi padre me coge de la mano. la aprieta un poco. no para quedarse aquí. la aprieta porque quiere llevarme con él. entiendo el gesto, agarro firmemente su mano.

su cuerpo se ha convertido en él. ya no es una imagen suya. ya no es un ejemplo de lo que debe ser su espíritu. ahora es él. está vacío. desde mi padre la muerte. desde la muerte algo indecible, algo más o menos como yo. 

 

frase escondida.

las nubes flotan en la superficie del cielo como cadáveres de ballenas. grises. y la lluvia llegará pero todavía no. sujeto con mi mano izquierda una frase y se la quiero llevar a alguien que sea capaz de pronunciarla. la frase es mía, me pertenece, pero no puedo decirla yo. tengo que esperar. y espero, pero me muevo. voy moviéndome. viajo. de un lado a otro de la tierra. dejándome distraer por esas cosas que suelen distraer a los hombres. mi mano, sin embargo, sigue asiendo la frase. noche tras noche los sueños me dicen cosas, cosas que al despertar no recuerdo. son imágenes, son poemas visuales, de esos que te dejan el sabor, pero no te dejan nada más. voy cometiendo error tras error, acierto tras error, acierto tras acierto. voy produciendo una biografía que se va asemejando cada vez más a la de cualquiera, es decir, también a la de mi padre. un día regreso a casa de mis padres, y mi padre está viejo, vulnerable, y yo ahora soy el padre, el padre que recuerdo cuando recuerdo a mi padre. cuando me acerco a él me agarra del brazo izquierdo, noto sus gruesos dedos apretando mi brazo, me dice:

- ¿Tú te das cuenta de que esa frase no la sueltas nunca?

le contesto,

- Papá, ya ni me acuerdo de ella.

- Pues que no se te olvide hijo, que no se te olvide.

que no se me olvide. así salgo a la calle. preguntándome en qué consiste deber hacer algo, en qué se fundamenta, dónde está la obligación. no hay obligación. me subo al coche. conduzco. voy buscando algo que hacer, pero el qué hacer está escondido detrás de tantas cosas inútiles. opto por lo inútil. opto por hacer algo.

- Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, – me dice la de los cines.

- Sí.

- ¿Aún vas con esa frase en la mano izquierda?

- Sí ¿qué pone?

- Ya intenté leerla, ¿no te acuerdas?

- Sí, pero no sé, la gente cambia ¿no?

- ¿Tú crees?

- Tengo fe en ello.

- Siento poner a prueba esa fe ¿qué película quieres ver?

- ¿Me aconsejas alguna?

- Ve a ver esta.

entro en la que me aconseja. salgo a la hora y tres cuartos. miro al cielo, por ahí siguen las ballenas muertas. la pelicula me ha gustado: los optimistas se llama. una cinta muy apropiada para la ocasión. me siento exactamente igual de optimísta que los personajes que vagan por la película. un mensaje en el móvil.

Estoy en el cafenet ¿vienes?

Claro ¿quién eres? no tengo tu número

Soy quien te va a leer la frase que llevas en la mano izquierda

¿alguien en su sano juicio puede decir que no a esta invitación? a veces pienso que algún día los cadáveres de las ballenas caerán sobre nosotros, así, porque ya toca, y destrozarán los coches. y los parques, y el mobiliario urbano. y reventarán y lo macharán todo de visceras. pero son nubes, no ballenas, y las nubes llueven, ya está, pero no todavía. todavía no llueve. llego hasta el cafenet. está prácticamente vacío. miro a los cuatro gatos y gatas que hay, no reconozco a ninguno. los oigo ronronear y maullarse. me siento un poco perro. me dan ganas de perseguirlos. de ladrarles. de hacer que se suban a las mesas tirando los botellines y los cubatas. que corran por las paredes. no lo hago, por supuesto. me limito a sentarme en la barra y esperar.

- Hola, ponme un ron-cola.

- En seguida.

- Oye ¿alguien ha preguntado por mi?

- ¿Quién eres?

- Esa es una buena pregunta… ¿Quién soy, narrador?

- Eres una especie de Yo.

- Bueno, si soy una especie de tú entonces tendrás que ponerme nombre ¿cómo te llamas?

- No, el mío no. Espera… te llamas… Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Nadie ha preguntado por tí, Pedro, aquí tienes tu ron-cola.

pasan tres cubatas y seis cigarros. eso es bastante tiempo. estoy pensando ya en irme. pero mi frase, me ha dicho que la leería. hago lo posible por permanecer más tiempo. pero el lugar ya está repleto de gatos. y yo ya no soy un perro, soy un puto lobo. trato de distraerme con la publicidad que tienen sobre la barra. entonces veo algo que llama mi atención:

Espectáculo de Magia. Día 27 de Octubre. A las 00:00. En Sala Wah Wah. Actua: Sirene.

esto es de esas cosas que si uno pasa por alto en un momento así es que le gusta perder el tiempo. decido ir, claro, como ya sabéis, no me gusta perderlo. cuando entro en la sala el espectáculo ya ha comenzado. me siento, cómo no, en la barra.

- Un ron-cola, por favor.

la mujer que hay sobre el escenario, con un traje negro de luces, acaba de sacar a alguien del público…

Está bien, escoge una carta

¿Ésta? ¿Estás seguro?

Muy bien, pues ahora la introducimos en el mazo, así, métela bien, yo no estoy mirando. Vale, pues barajamos, barajamos bien… ahora toma, corta por donde quieras.

Así, bien. Entonces ahora es cuando te digo que la tienes en el bolsillo ¡pero no! ¿a que no?, claro, en el bolsillo tienes un chicle, un mechero y una tarjeta de la peluquería

¿No tienes eso? ¡Vaya! ¿pero a que te hubieses quedado de piedra si lo hubiese adivinado?

Bueno, igual la tengo yo en el bolsillo ¿Puedes meterme la mano? Chsss, con cuidado, que tu mujer está entre el público, para eso nene después de la función ¿no es tu mujer? Chica, toma nota, te niega por la primera que le pide que le meta la mano.

Bueno qué ¿encuentras algo? ¡Pero bueno! ¡un mechero, un chicle y la tarjeta de la peluquería! Ya decía yo que en algún bolsillo estaban. Vale, prueba en el otro, lo siento nena, una tiene que aprovechar las ocasiones, en eso pienso como tu chico.

Ah ¿era esa carta? ¿no? A ver a ver ¿Puedes venir tú, cariño? Luego le das el guantazo, pero mira a ver si tú le encuentras la carta en el bolsillo. Sí sí, el mismo de antes, claro. Bueno, bueno, mi mechero, el chicle, la tarjeta de la peluquería ¡y una carta! ¿es esta carta? Voliá.

Esto prueba, señoras y señores, que… no sé lo que prueba ¡saquen sus conclusiones! ¡gracias a los dos! ¡Podéis sentaros! ¡Un aplauso!

el espectáculo continuó media hora más. cuando terminó, Sirene se marchó entre una modesta ovación, y despareció tras una puerta de color rojo. la gente continuó la charla donde la había dejado. yo decidí ir a su encuentro, estaba seguro de que era importante hablar con ella, incluso llegué a pensar durante el espectáculo que había sido ella la que me había mandado el sms. por eso estoy ahora aquí tirado en el suelo de un oscuro callejón y con las gafas rotas. con la mejilla derecha tocando el frio y húmedo suelo, comienzo a sentir cómo unas gotas empiezan a resbalarme por la mejilla izquierda ¿estoy llorando, narrador?

- No Pedro, sólamente llueve.

ja, solamente llueve, lo dices como si fuese un consuelo, o un hecho de menor importancia que llorar. oigo el sonido de unos tacones acercándose a mí.

- ¿Por qué has hecho eso?

- ¿El qué?

- Mira como estás ¿te duele?

- ¿El qué?

es Sirene.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Soy ilusionista, no maga.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Ven conmigo.

me ayuda a levantarme. me dice que no debería de haberle insistido al chico de la puerta roja que tenía que entrar. me dice que tampoco debería de haberle pegado un puñetazo. pero, y qué debería haber hecho. hay veces que uno tiene que poner toda la carne en el asador.

- Ven, entremos aquí, está lloviendo demasiado.

el sitio está bien, bueno para una historia de un tipo que tiene una frase asida en su mano izquierda y que quiere que alguien se la diga. luces ténues y rojas, carteles de películas antiguas y grupos de música olvidados, mesas camilla con tapetes de punto y una vela encendida en cada mesa.

- Un ron-cola por favor ¿tú qué quieres, Sirene?

- Bien, quiero que no bebas más.

- Uno no siempre consigue lo que quiere ¿nos pones dos, por favor?

- Bueno ¿y por qué querías verme?

- ¿Me has mandado un sms a mi móvil?

- Si no sé ni cómo te llamas, cómo voy a mandarte un sms.

- ¿Cómo me llamaba, narrador?

- Te llamabas Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Bien, Pedro ¿y que te decía en mi sms?

- Que podías decirme qué frase tengo en mi mano izquierda.

- Es verdad, puedo hacerlo, déjame verla.

me coje de la mano y me ayuda a abrir la palma, cuesta, lleva tanto cerrada. se queda un rato mirándola, absorta, concentrada, como quien lee atentamente el menú del restaurante para elegir plato. después levanta la mirada hasta cruzarse con la mía. tiene los ojos grandes, escrutadores, su mirada es un misterio pero que preconiza poder, es como la mirada de la Esfinge o de la Monalisa. Sirene sonríe y dice:

- La frase dice:

La realidad comienza en los sueños.



monstruo acabado (continuación)

Salen del bosque y el monstruo acabado sigue igual: su brazo izquierdo balanceándose inerte, la sangrante marca de la cabeza… el niño, sin embargo, no ofrece el mismo aspecto, su ropa está hecha girones, manchada de tierra, en sus mejillas hay arañazos, y anda agotado, como si llevase andando durante décadas.

-    Cuánto falta para llegar, estoy cansado, -dijo el niño.

-    No lo sé, nunca he estado aquí.

-    ¿Entonces por qué te daba miedo el bosque?

-    Porque lo había visto en sueños.

-    Y no has visto nada más en sueños.

-    Sí, recuerdo el camino, este, entre arbustos, pedregoso.

-    ¿Has venido aquí por tus sueños?

el monstruo mira al niño, como dudando si responder. el monstruo vuelve a centrar la vista en el camino, manteniendo su silencio. el niño no insiste, sabe que él tampoco respondería.

el aire huele dulce, como si todo estuviese plagado de flores, sin embargo no hay ninguna. poco a poco se va haciendo más oscuro hasta que apenas puede verse nada en una cerrada noche sin luna. caminan unos minutos casi a ciegas, oyendo solo sus pisadas, pero el niño de repente se detiene, está asustado,  el monstruo no lo puede saber porque prácticamente no le ve la cara.

-    ¡Espera!- dice el niño.

-    ¿Qué pasa?

-    Alguien viene.

-    ¿Puedes ver quién?

El monstruo fuerza la vista para distinguir lo que había alertado al niño. pero no es capaz de ver nada, sin embargo consigue oír el sonido de unas pisadas que se estaba aproximando a ellos.

 

-    Es ella.

-    ¿Quién?– pregunta el monstruo.

-    Ella. La que te recuerda. Con la que sueñas.

nadie me recuerda, piensa el monstruo, en realidad, todos hacen lo posible por olvidar que me han visto. y ella, con la que sueña, mas que nadie.

hola, ¿estás solo?. no, vengo con un niño. aquí no hay niño. el monstruo comprueba que está solo al mirar la oscuridad que le rodea. el rostro de un bella mujer se va iluminando poco a poco, como una flor que se abre. ¿sabes quién soy?

-    Siempre he querido saberlo.

continuará…

monstruo acabado

un monstruo acabado camina por un valle, descendiendo poco a poco y alejándose de las altas montañas. costosamente como si caminar cuesta abajo fuese aún más duro que ascender a la montaña. con su mano derecha se agarra el hombro izquierdo, del que cuelga un brazo inerte. en la camisa blanca pero sucia y desgastada hay una gran mancha de sangre como si el corazón le hubiese estado llorando durante largo tiempo, pero tras un examen más atento nos damos cuenta de que no es el corazón lo que está herido, es la cabeza. tiene un gran brecha que le cruza la frente, con el mismo aspecto que el que tiene una marca hecha a hierro y fuego.

cada vez las montañas van quedando más atrás. sus pantalones, empapados y hechos girones bailan al ritmo de sus pasos. aquello que no había sido más que un riachuelo se transforma a medida que entra en el bosque en un caudaloso rio. y el bosque lo está esperando como un verde y descomunal oso hibernando, aguardando a que llegue algo para alimentarse. “No quiero entrar ahí”, piensa, “el oso me está esperando”. pero, asustado, sigue caminando. hola, le dice un niño con el que se cruza. hola, contesta el monstruo, deteniéndose sorprendido, ¿por qué no te asustas al verme? ¿cómo puedo asustarme? te pareces mucho a mí cuando sea mayor. el monstruo se recordó. es verdad eres yo pero, ¿no te doy miedo? no, qué va, te he reconocido en seguida. yo sin embargo no. no te preocupes, ya no te hará falta, ahora siempre caminaré contigo. y el niño y el monstruo continuaron por el bosque. ¿y el oso no nos hará daño? ¡no! qué va. el oso ya no quiere saber nada de nosotros, juntos somos más fuertes que él. ¡pero si solo eres un niño! ya, pero soy la fuerza que te falta para vencerle.

continuará…

Muestra de azar

media tarde. ramón salía de su casa con la certeza de que no iba a llegar a tiempo. de momento no es necesario saber quién le estaba esperando. rocío iba montada en un taxi con la certeza de que iba a tener que esperar, como siempre. por ahora no importa saber a qué. pero es importante saber que ella estaba triste. es importante saber que él estaba enfadado. ramón con paso acelerado y sincopado se dirigía a la avenida, cruzando el parque que llevaba a ella. al tiempo el taxi, con esa forma que tiene de moverse un taxi cuando el ocupante temporal quiere que el tiempo pase rápido, que el destino llegue pronto, entraba en la avenida. rocío lo había prometido, ese tipo de promesas que se lanzan a alguien en calidad de notario, había prometido que nunca más iba a sufrir por culpa de nadie. ramón ya en la avenida. a media tarde algunas avenidas se comportan como arterias seccionadas, solamente a ratos algún reguero de vehículos se atasca en los infinitos semáforos, para luego desaparecer. la avenida ahora estaba vacía. y ramón quería un taxi. pero rocío todavía no había llegado. esta noche esta noche, es la noche es la noche, y nada más en el cerebro de ramón salvo un pequeño espacio reservado a la observación del manantial de vehículos, una luz verde, quiero ver una luz verde, se decía ese pequeño espacio. y así, esta noche es la noche, esta noche esta noche quiero ver una luz verde es la noche, pasó un tiempo, ese tipo de paso que no se percibe, como cuando cabeceas por la noche mientras ves la televisión y de repente la película está acabando. estas cosas le pasaban muy a menudo a ramón. rocío se piensa a sí misma pensando en algo que no desea pensar. y siente que debería abandonar esa dinámica. pero ¿cómo puede abandonarse algo sin moverse del sitio? esa es la típica pregunta que no necesita respuesta, porque la respuesta es la misma pregunta ¿verdad? así que le pide al taxista que pare, por favor. y el taxista le dice que aún queda mucho para llegar a su destino y ella le contesta que se ha dado cuenta de que ese no era su destino, y entonces el taxista sin ‘escuchar’ lo que ella ha dicho pero dándose por satisfecho con la respuesta porque no necesitaba respuesta alguna para el taxi, le dice el importe que le debe, se cobra, baja del taxi, saca la maleta de rocío del maletero y se la entrega. ramón, al verse delante de un taxi del que bajaba una señorita, pensó que era agradable no tener que pedir las cosas y que puede que la certeza que tenía de que no iba a llegar a tiempo no fuese otra cosa que otro malentendido más con la realidad. cuando rocío subió a la acera con su maleta trolley azul pudo ver cómo un chico con cierto aspecto de atolondrado le miraba con expresión bobalicona de agradecimiento, expresión que a ella por cierto le conmovió y le hizo sonreír con cierta timidez, haciéndole olvidar por un segundo la gravedad de la decisión que acababa de tomar, haciéndole jugar con la idea de que, al fin y al cabo no había hecho más que ayudar a un desconocido. ramón en el taxi pensó que qué curioso cuando el taxista le dijo que el destino al que quería ir era el mismo que al que iba la señorita. pero ese pensamiento se esfumó en seguida, como la imagen de rocío en el retrovisor, objeto de una rapaz mirada del taxista.

rocío ahora no sabía muy bien qué debía hacer. así que, erróneamente, decidió hacer lo de siempre. caminó hacia un parque cercano, buscó un banco con una buena vista, dejó la maleta a un lado, se sentó y esperó. ramón, nuevamente, estaba ensimismado, le gustaba imaginar lo que iba a pasar, quiero decir, le gustaba imaginar lo que pasaría esa noche cuando él llevase a cabo su plan. y claro, imaginar eso significaba imaginarse a eva. y eso lo ensimismaba sobremanera. ramón no era demasiado original, él lo sabía. pero también creía por otra parte que quizás el concepto de originalidad del siglo veintiuno había cambiado, quizás ahora la originalidad consistía en elevar lo habitual al altar de lo sagrado, creer en ello con tanta intensidad que emerja de ello lo real. y por eso iba a toda prisa a comprar un anillo, uno que vio en la joyería la semana pasada. fue cuando lo vio cuando entendió que era así como tenía que hacer las cosas, y que como fue ese anillo en concreto el que le reveló eso. ese tenía que ser, entonces, el instrumento para ejecutar su fantasía, para imaginar a eva.

ricardo tamborileaba con los dedos en el mostrador. no quería que ella siguiese esperando, porque sabía que esperaba, y estaba seguro que lo esperaba a él. había decidido dárselo esta noche. un premio, un anillo, lo que querría ella, lo que cualquiera querría. ricardo tamborileaba mientras la dependienta cogía el anillo del escaparate. sí, ese está bien. envuélvamelo, por favor. eva, mientras envolvía el anillo pensaba en cómo la gente continuaba haciendo estas cosas. pensaba en la cantidad de cosas que se pueden hacer con ese dinero, pensaba en la cantidad de cosas que pueden hacerse en lugar de esforzarse en ganar dinero para comprar ese anillo. ricardo estaba feliz. sabía que estaba haciendo lo que se esperaba de él, así que se sentía seguro, y para él la felicidad era eso o algo muy similar. una mesa reservada en el restaurante de enfrente, una buena cena, una conversación íntima y misión cumplida. móvil de eva: ramón: estoy llegando, conseguiré estar ahí antes de que cierres. móvil de ricardo: rocío: lo siento, no voy a ir, necesito tiempo para mí, debemos dejarlo. y ya no hace falta decir más cosas de ricardo, o sí, pero no ahora, aquí.

la noche ya estaba aquí, plantándose en el parque, sentándose frente a rocío, que seguía mirando al futuro y no veía más que esa noche que a todos nos quiere cubrir alguna vez. ramón baja del taxi corriendo, casi choca con ricardo, que al ver el vehículo no dudó en subirse a él. ramón llegó con dos zancadas al escaparate, como para asegurarse que el origen de su fantasía seguía allí, sustentándola. su rostro, como se suele decir en estos casos, se desencajó a causa del horrible vacío que halló. entró en la tienda y sin poder reprimir su frustración le preguntó a eva por el anillo ¿qué anillo? ¡el que estaba ahí! ¡ah! ¡ese! se lo iba a llevar un señor, pero cuándo se lo estaba envolviendo se ha marchado sin decir nada, aquí está. y bueno, para qué contar lo que sigue, para satisfacer nuestra curiosidad, hagamos como que nos interesa. entonces él saca la cartera e impostando la voz tal y como había ensayado le dice: ’señorita, quiero este anillo, voy a regalárselo al amor de mi vida’, y eva pone una cara que no se parece a la que ramón había imaginado, sonríe, nerviosa, como quien sonríe ante el ridículo de alguien a quien no quiere ver haciéndolo. entonces ramón pierde pie y se empieza a hundir. aún así insiste, lo cual hace que eva también insista y le diga ‘yo no quiero un anillo, ramón’, y eso hace que ramón haga lo que suele hacer cuando lo que imagina no consigue que se haga real: una idiotez. ‘nadie ha dicho que sea para ti, he dicho que me lo envuelvas y me lo vendas’. eva, confusa, se lo envolvió, le cobró, ramón se marchó y comenzó a caminar hacia su casa.

en la calle, en el paseo de ramón, la noche, que tiene el don de la oportunidad, se pone a pasear con él, y como dos gotas de tinta que resbalan hacia el centro de la espiral, la noche de rocío y la de ramón se encuentran en el parque. rocío lo mira, casi no lo reconoce, pero hay algo en común entre la expresión de bobalicón que le había visto antes y la de asqueado que tiene ahora, una especie de aire infantil. hola ¿te acuerdas de mí? soy quien te ha pasado el taxi. sí ¿que haces aquí? pues esperando. y ramón, como es así, le entrega su imaginación envuelta ¿qué es? lo he comprado para ti. rocío, tras abrir la caja y poner el anillo en la palma de su mano mira a ramón. éste, avergonzado por lo que acaba de hacer se marcha. mientras rocío ve cómo ramón se aleja sus ojos se llenan de lágrimas, por fin sabe lo que había estado esperando, gracias, dijo. se levantó, agarra su maleta trolley azul y comienza a caminar. al llegar a la avenida espera pacientemente a un taxi. sube en él. le dice al conductor su destino. el taxi se pone en marcha, abandonando aquel lugar y a un anillo que brilla todavía en la calzada, imagínate.

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