Hoy ha salido el sol después de varios días de descanso lluvioso. Ha vuelto el calor, pero como suavizado, como si ya no tuviese la mala leche del verano. He dormido una larga siesta, de esas que me gustan. Me he tomado un café y he hablado por teléfono con una, según ella, ex amiga, que me ha llamado para darme la noticia de que había conseguido trabajo de profesora. Hace pocos días, por teléfono y entre lágrimas, yo le pedía que me perdonase, que hiciese borrón y cuenta nueva. Ella, impasible, me rechazaba.
Tras haber decidido resolver un par de asuntos que tenía que hacer me he puesto los pantalones, los zapatos, me he lavado los dientes y la cara. Bajo a la calle. Mientras camino cuesta abajo, mi casa está justo en una cuesta, es de las últimas edificaciones que hay antes de llegar al Tossal, de tal forma que siempre que te marchas, excepto cuando voy a trabajar (ya hablaré algún día de esto), voy pendiente abajo, esto hace que sea fácil irse de mi casa, pero difícil regresar, quizás por eso recibo tan pocas visitas, quizás por eso incluso a mí me cuesta visitarme, o regresar, en fin, mientras camino cuesta abajo me siento pletórico, exuberante, he tomado un par de decisiones que van a afectar a mi cuenta corriente positivamente. La primera es que voy a borrarme del gimnasio, un robo menos. La segunda es que me voy a dar de baja de un número de teléfono que no gasto. Dos robos menos.
Camino hacia el centro de mi pequeña ciudad. Llego al gimnasio. Un gimnasio de esos de alto copete. Con chicas estupendas que te atienden rebosando amabilidad. Todo limpio y exento de malos olores, de hecho, en el hall no puedes imaginarte que detrás de la pared donde está el mostrador hay todo un ejército de personas moviéndose en estático, levantando pesas, corriendo en cintas, abdominales, bicicleta, spinning, body pump, body balance y demás formas de distracción y autosatisfacción que te hacen sudar y sentirte bien. No, nadie podría imaginarse. De alguna forma, lo que se te muestra siempre es el resultado, en todas las cosas, un resultado, el que se supone deseable. Al echar un vistazo y ser tan amablemente atendido por un morena de gran sonrisa, grandes tetas, gran polvo, me lo pienso y dudo por un momento, pienso ‘¡coño!, no sé qué quiero exactamente quedándome pero… ¡quiero quedarme!’. Aún así, yo, que ya me conozco estas cosas me domino el no sé qué y le pido por favor que me diga con quién debo de hablar para borrarme del gimnasio.
-Espere un momento, debe de ir ahí dentro, en cuanto acabe la chica de atender le atenderá a usted.
-Bien, gracias, esperaré.
Me pongo a observar a quien entra y sale. Hay de todo, hay gente hermosa, gente que quiere serlo, hay gente que se le nota que le gusta el deporte y gente que se le nota que lo necesita. Un gimnasio no es en absoluto una concentración de idiotas, es como lo demás que hay en el mundo, hay de todo. Recuerdo que antes me repelían estos lugares. Pero ahora las cosas han cambiado, ya no viene ‘un tipo de persona’, no es posible hacer demarcación por el hecho de que alguien venga aquí. Lo único que uno puede leer de esto es que la gente que viene aquí tiene una prioridad que le supone un gasto de tiempo y dinero. Ya está. Lo mismo podría decirse de los cines y los bares. Mientras le doy vueltas a esto la chica de atención al cliente me avisa de que ya puede estar conmigo. Me hace pasar a su despacho.
- Usted dirá.
- Quiero borrarme del gimnasio.
- Muy bien. – me da el papel para que firme mientras me pregunta: – ¿por qué se quiere borrar?
- No tengo dinero.
- Hay cuotas más bajas que las que usted pagaba.
- ¿Ah sí? ¿no me podrían haber dicho eso hace un año?
- Estoy segura de que se le informó.
Yo también, de verdad: la chica está siendo muy amable. Me cae bien.
- ¿Quiere ver qué opciones tiene?
- Bueno.
Entonces empieza a mostrarme opciones. Que si por ser funcionario tendría esta tarifa, que si voy a tal hora siempre me costaría tanto, y tal y tal.
Total, que salgo del gimnasio sin darme de baja, pero muy contento de haber conocido a alguien tan amable. Mi siguiente misión: teléfono.
No está demasiado lejos del gimnasio la tienda de mi compañía, así que llego en seguida. De camino me encuentro a una alumna con su madre en la parada del autobús. Al verme le da un codazo a su madre que le corta la respiración. La saludo sin pararme. Llego a la tienda. Está repleta de gente. Al igual que todo el mundo odio las colas, pero soy tenaz, no voy a irme de vacío, esta vez no. Seré inmune a la amabilidad, a las grandes tetas y a los grandes polvos.
- Hola.
- Coja número por favor.
- De dónde.
- De ahí.
Me señala a una maquinita con una pequeña pantalla. Me aproximo a ella y miro la pantalla. ‘seleccione la opción que desea: canjear puntos; servicio técnico; garantías; facturas y cobros; venta de terminales’. Mierda, contra esto no estaba preparado.
- Oye. – le digo a la chica, por cierto, buenorra también. – aquí no sale la opción que quiero, ¿qué hago?
- ¿Cuál es? – está mosca porque está atendiendo a un cliente.
- Quiero darme de baja.
- Eso no lo podemos hacer aquí.
- Pero a mí me dijeron…
- Pues le informaron mal.
Me cago en la puta. Me marcho. Luego llamaré a la compañía. Ya he tenido bastante derrota por hoy. Cojo la avenida de Alfonso X. Hay un montón de gente. Pero yo no les miro. No me apetece. Estoy cabreado. Me dan ganas de volver a la tienda de esa compañía de teléfonos, coger la máquina del turno, arrancarla de cuajo e ir al gimnasio para lazarla contra el despacho acristalado de la tía que me ha camelado. Mierda.
Mientras avanzo por la avenida, veo caminado a una pareja en sentido contrario al mío. Me fijo sin saber porqué al principio, pero en seguida entiendo por qué han atraído mi atención. Ella es bella, y está llorando. Con la cara congestionada, las mejillas enrojecidas, los ojos húmedos. Él la tiene cogida del brazo. No parece como si la estuviese consolando. En realidad, al ser un poco más bajo que ella, da la sensación de que se está agarrando como quién se sube a un autobús en marcha. Ella es esbelta, de piernas largas. Pero llora. Mejor dicho: y llora. Pasan a mi lado como un tren de alta velocidad, pero a mí se me queda una pregunta en la mente ¿por qué me pasa siempre lo mismo cuando veo a una desconocida llorar? siempre me ocurre que siento como si me encontrase con la única persona en el mundo que en esos momentos está en disposición de decir la Verdad. Me da ganas de preguntarle o de pedir que sea nuestra portavoz, de ponerla en un pedestal y pedirle que lo suelte, que cante, que cante esa triste canción que todos tenemos en la cabeza pero que no tenemos voz para expresar. ¡Sí! ¡Eso es! ¡El aria! ¡Es eso! lo que ocurre es que cuando veo a una mujer llorar, en la calle, en el metro, en un ascensor, haciendo la compra, en la mesa de un bar… lo que ocurre es que veo el momento del aria, y quiero que cante. Que cante esa canción, que cuente lo que me ha pasado en el gimnasio, con la máquina expendedora de turno, que cante lo difícil que es regresar a mi casa, lo fácil que es marcharse de ella.
Ver llorar a una mujer, para mí, es hermoso. Pero es una hermosura que uno ha de saber controlar, porque mientras la veo llorar no siento hermosura, siento unas ganas irreprimibles de consolarla y, al mismo tiempo, siento que las lágrimas de una mujer son inagotables. Puedo llegar a ahogarmen ellas, o entrar en combustión espontánea. Las lágrimas de una mujer son un fuego inextinguible, devorador, devastador, que si no te mantienes alerta te puede llegar a consumir. Cuando Moisés se encontró en el monte Sinaí con el arbusto ardiente que se presentó a si mismo como Dios, con lo que se encontró fue con la mejor metáfora que he conocido sobre la mujer: un arbusto que arde pero sin consumirse. Así es el llanto de una mujer. Una mujer puede llorar durante días, meses, toda la vida, y, de repente y aún así, un día dejar de hacerlo y no mostrar la más mínima mella de toda esa tribulación. Un hombre llora una tarde y ya no es nadie durante días, meses, toda la vida.
Yo he llorado pocas veces en mi vida. Por lo visto nací con el saber de que, por ser hombre, no me lo puedo permitir, no soy lo bastante fuerte. Aunque, ahora que lo pienso, de niño era muy llorón. No recuerdo quién, pero un día alguien me dijo: ¡que ya eres mayor para llorar!; por lo visto me lo creí. Siempre he sido crédulo para ciertas cosas. A todo esto, ahora que lo pienso, nunca he visto a un tío llorar por la calle. No sé si eso lo podría soportar.