De paso

en la ventana no hay nada. abierta. desde la ventana la calle. desde la calle yo. yo junto a la ventana. no le queda mucho a este cigarro. no le queda mucho al día. debería moverme. juntar todas las opciones que tengo en la palma de mi mano. no se me da bien tomar decisiones. hoy no he hablado con nadie. qué importa. como si tuviese algo que hacer. como si algo estuviese esperando a que yo tomase una decisión. yo solamente quiero oír unas palabras. unas del tipo “levántate y anda”. seguramente me pondría a andar. hoy no he hablado con nadie.

en el espejo retrovisor no hay nada. desde él el camino que voy abandonando momento a momento. desde el camino que voy abandonando momento a momento mi coche. yo dentro. no le queda mucho a esta canción. me gusta esta canción. no le queda mucho a mi ocio. el trabajo está aquí. lavar gente. hacer camas. deshacer camas. mover gente. de un lado a otro.

un mensaje. tu padre está en el hospital. y lo primero que pienso es en si lo habrán ingresado en el que yo trabajo. sería mejor. luego me preocupo por él. en el umbral de la puerta de los vestuarios no hay nada. desde el umbral gente desvistiéndose y vistiéndose. desde la gente desvistiéndose y vistiéndose yo diciendo que mi padre ha sido ingresado. alguien pregunta si en este hospital. sería mejor. no lo sé. tengo que preguntarlo, pienso. tendrías que preguntarlo, me dicen. tengo que preguntarlo.

abandono el hospital. voy al hospital. en un hospital muevo gente, lavo gente, hago camas, deshago camas. en un hospital no hay camas, no hay gente, está mi padre. llego. entro en el ascensor. miro mi reflejo en la puerta del ascensor. en mis ojos no hay nada. desde mis ojos mi rostro. desde mi rostro algo indecible. la puerta se abre. el reflejo me abandona, mi rostro, lo indecible, se quedan mis ojos con esa nada que espera a que alguien le diga “levántate y anda”.

la habitación está vacía y mi padre está dentro. ¿y mamá? es tan pequeña que casi no se la ve. se levanta de un silloncito que hay frente a la cama para saludarme. con pasitos cortos se acerca, me coge la cara como si fuese un cuenco para beber y me da un beso en la mejilla. 

              -no deberías trabajar en ese sitio.

              -no debería trabajar, mamá.

              -deberías relacionarte más con la gente. 

              -no me gustan las malas compañías.

              -acabarás solo al final.

              -es un buen comienzo.

las miradas de los tres confluyen en el ortocentro del triángulo que formamos. una bonita forma de evitarnos. una forma geométricamente impecable. la habitación está vacía. llena de espacios vacíos; de oquedades pasadas, de incertidumbres futuras. me muero. pero no le oigo decir eso. aunque es eso lo que debería haber dicho. me acerco al borde izquierdo de su cama. te mueres. te mueres. te mueres. aunque no es eso lo que le digo. no le digo nada. y no pienso en él. en mi mente no hay nada. abandonada. desde mi mente su respiración cada vez más trabajosa. desde su respiración yo, observando cómo se va deshaciendo su rostro en fría inercia. sin darme cuenta me pongo a calcular las respiraciones que hace por cada respiración mía. sin darme cuenta me propongo acompasar las respiraciones para que mi pecho se hinche a la vez que el suyo. mi madre llora. mi padre me coge de la mano. la aprieta un poco. no para quedarse aquí. la aprieta porque quiere llevarme con él. entiendo el gesto, agarro firmemente su mano.

su cuerpo se ha convertido en él. ya no es una imagen suya. ya no es un ejemplo de lo que debe ser su espíritu. ahora es él. está vacío. desde mi padre la muerte. desde la muerte algo indecible, algo más o menos como yo. 

 

frase escondida.

las nubes flotan en la superficie del cielo como cadáveres de ballenas. grises. y la lluvia llegará pero todavía no. sujeto con mi mano izquierda una frase y se la quiero llevar a alguien que sea capaz de pronunciarla. la frase es mía, me pertenece, pero no puedo decirla yo. tengo que esperar. y espero, pero me muevo. voy moviéndome. viajo. de un lado a otro de la tierra. dejándome distraer por esas cosas que suelen distraer a los hombres. mi mano, sin embargo, sigue asiendo la frase. noche tras noche los sueños me dicen cosas, cosas que al despertar no recuerdo. son imágenes, son poemas visuales, de esos que te dejan el sabor, pero no te dejan nada más. voy cometiendo error tras error, acierto tras error, acierto tras acierto. voy produciendo una biografía que se va asemejando cada vez más a la de cualquiera, es decir, también a la de mi padre. un día regreso a casa de mis padres, y mi padre está viejo, vulnerable, y yo ahora soy el padre, el padre que recuerdo cuando recuerdo a mi padre. cuando me acerco a él me agarra del brazo izquierdo, noto sus gruesos dedos apretando mi brazo, me dice:

- ¿Tú te das cuenta de que esa frase no la sueltas nunca?

le contesto,

- Papá, ya ni me acuerdo de ella.

- Pues que no se te olvide hijo, que no se te olvide.

que no se me olvide. así salgo a la calle. preguntándome en qué consiste deber hacer algo, en qué se fundamenta, dónde está la obligación. no hay obligación. me subo al coche. conduzco. voy buscando algo que hacer, pero el qué hacer está escondido detrás de tantas cosas inútiles. opto por lo inútil. opto por hacer algo.

- Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, – me dice la de los cines.

- Sí.

- ¿Aún vas con esa frase en la mano izquierda?

- Sí ¿qué pone?

- Ya intenté leerla, ¿no te acuerdas?

- Sí, pero no sé, la gente cambia ¿no?

- ¿Tú crees?

- Tengo fe en ello.

- Siento poner a prueba esa fe ¿qué película quieres ver?

- ¿Me aconsejas alguna?

- Ve a ver esta.

entro en la que me aconseja. salgo a la hora y tres cuartos. miro al cielo, por ahí siguen las ballenas muertas. la pelicula me ha gustado: los optimistas se llama. una cinta muy apropiada para la ocasión. me siento exactamente igual de optimísta que los personajes que vagan por la película. un mensaje en el móvil.

Estoy en el cafenet ¿vienes?

Claro ¿quién eres? no tengo tu número

Soy quien te va a leer la frase que llevas en la mano izquierda

¿alguien en su sano juicio puede decir que no a esta invitación? a veces pienso que algún día los cadáveres de las ballenas caerán sobre nosotros, así, porque ya toca, y destrozarán los coches. y los parques, y el mobiliario urbano. y reventarán y lo macharán todo de visceras. pero son nubes, no ballenas, y las nubes llueven, ya está, pero no todavía. todavía no llueve. llego hasta el cafenet. está prácticamente vacío. miro a los cuatro gatos y gatas que hay, no reconozco a ninguno. los oigo ronronear y maullarse. me siento un poco perro. me dan ganas de perseguirlos. de ladrarles. de hacer que se suban a las mesas tirando los botellines y los cubatas. que corran por las paredes. no lo hago, por supuesto. me limito a sentarme en la barra y esperar.

- Hola, ponme un ron-cola.

- En seguida.

- Oye ¿alguien ha preguntado por mi?

- ¿Quién eres?

- Esa es una buena pregunta… ¿Quién soy, narrador?

- Eres una especie de Yo.

- Bueno, si soy una especie de tú entonces tendrás que ponerme nombre ¿cómo te llamas?

- No, el mío no. Espera… te llamas… Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Nadie ha preguntado por tí, Pedro, aquí tienes tu ron-cola.

pasan tres cubatas y seis cigarros. eso es bastante tiempo. estoy pensando ya en irme. pero mi frase, me ha dicho que la leería. hago lo posible por permanecer más tiempo. pero el lugar ya está repleto de gatos. y yo ya no soy un perro, soy un puto lobo. trato de distraerme con la publicidad que tienen sobre la barra. entonces veo algo que llama mi atención:

Espectáculo de Magia. Día 27 de Octubre. A las 00:00. En Sala Wah Wah. Actua: Sirene.

esto es de esas cosas que si uno pasa por alto en un momento así es que le gusta perder el tiempo. decido ir, claro, como ya sabéis, no me gusta perderlo. cuando entro en la sala el espectáculo ya ha comenzado. me siento, cómo no, en la barra.

- Un ron-cola, por favor.

la mujer que hay sobre el escenario, con un traje negro de luces, acaba de sacar a alguien del público…

Está bien, escoge una carta

¿Ésta? ¿Estás seguro?

Muy bien, pues ahora la introducimos en el mazo, así, métela bien, yo no estoy mirando. Vale, pues barajamos, barajamos bien… ahora toma, corta por donde quieras.

Así, bien. Entonces ahora es cuando te digo que la tienes en el bolsillo ¡pero no! ¿a que no?, claro, en el bolsillo tienes un chicle, un mechero y una tarjeta de la peluquería

¿No tienes eso? ¡Vaya! ¿pero a que te hubieses quedado de piedra si lo hubiese adivinado?

Bueno, igual la tengo yo en el bolsillo ¿Puedes meterme la mano? Chsss, con cuidado, que tu mujer está entre el público, para eso nene después de la función ¿no es tu mujer? Chica, toma nota, te niega por la primera que le pide que le meta la mano.

Bueno qué ¿encuentras algo? ¡Pero bueno! ¡un mechero, un chicle y la tarjeta de la peluquería! Ya decía yo que en algún bolsillo estaban. Vale, prueba en el otro, lo siento nena, una tiene que aprovechar las ocasiones, en eso pienso como tu chico.

Ah ¿era esa carta? ¿no? A ver a ver ¿Puedes venir tú, cariño? Luego le das el guantazo, pero mira a ver si tú le encuentras la carta en el bolsillo. Sí sí, el mismo de antes, claro. Bueno, bueno, mi mechero, el chicle, la tarjeta de la peluquería ¡y una carta! ¿es esta carta? Voliá.

Esto prueba, señoras y señores, que… no sé lo que prueba ¡saquen sus conclusiones! ¡gracias a los dos! ¡Podéis sentaros! ¡Un aplauso!

el espectáculo continuó media hora más. cuando terminó, Sirene se marchó entre una modesta ovación, y despareció tras una puerta de color rojo. la gente continuó la charla donde la había dejado. yo decidí ir a su encuentro, estaba seguro de que era importante hablar con ella, incluso llegué a pensar durante el espectáculo que había sido ella la que me había mandado el sms. por eso estoy ahora aquí tirado en el suelo de un oscuro callejón y con las gafas rotas. con la mejilla derecha tocando el frio y húmedo suelo, comienzo a sentir cómo unas gotas empiezan a resbalarme por la mejilla izquierda ¿estoy llorando, narrador?

- No Pedro, sólamente llueve.

ja, solamente llueve, lo dices como si fuese un consuelo, o un hecho de menor importancia que llorar. oigo el sonido de unos tacones acercándose a mí.

- ¿Por qué has hecho eso?

- ¿El qué?

- Mira como estás ¿te duele?

- ¿El qué?

es Sirene.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Soy ilusionista, no maga.

- Sirene ¿sabes hacer desaparecer el dolor?

- Ven conmigo.

me ayuda a levantarme. me dice que no debería de haberle insistido al chico de la puerta roja que tenía que entrar. me dice que tampoco debería de haberle pegado un puñetazo. pero, y qué debería haber hecho. hay veces que uno tiene que poner toda la carne en el asador.

- Ven, entremos aquí, está lloviendo demasiado.

el sitio está bien, bueno para una historia de un tipo que tiene una frase asida en su mano izquierda y que quiere que alguien se la diga. luces ténues y rojas, carteles de películas antiguas y grupos de música olvidados, mesas camilla con tapetes de punto y una vela encendida en cada mesa.

- Un ron-cola por favor ¿tú qué quieres, Sirene?

- Bien, quiero que no bebas más.

- Uno no siempre consigue lo que quiere ¿nos pones dos, por favor?

- Bueno ¿y por qué querías verme?

- ¿Me has mandado un sms a mi móvil?

- Si no sé ni cómo te llamas, cómo voy a mandarte un sms.

- ¿Cómo me llamaba, narrador?

- Te llamabas Pedro.

- Pues me llamo Pedro.

- Bien, Pedro ¿y que te decía en mi sms?

- Que podías decirme qué frase tengo en mi mano izquierda.

- Es verdad, puedo hacerlo, déjame verla.

me coje de la mano y me ayuda a abrir la palma, cuesta, lleva tanto cerrada. se queda un rato mirándola, absorta, concentrada, como quien lee atentamente el menú del restaurante para elegir plato. después levanta la mirada hasta cruzarse con la mía. tiene los ojos grandes, escrutadores, su mirada es un misterio pero que preconiza poder, es como la mirada de la Esfinge o de la Monalisa. Sirene sonríe y dice:

- La frase dice:

La realidad comienza en los sueños.



darse de baja.

Hoy ha salido el sol después de varios días de descanso lluvioso. Ha vuelto el calor, pero como suavizado, como si ya no tuviese la mala leche del verano. He dormido una larga siesta, de esas que me gustan. Me he tomado un café y he hablado por teléfono con una, según ella, ex amiga, que me ha llamado para darme la noticia de que había conseguido trabajo de profesora. Hace pocos días, por teléfono y entre lágrimas, yo le pedía que me perdonase, que hiciese borrón y cuenta nueva. Ella, impasible, me rechazaba.

Tras haber decidido resolver un par de asuntos que tenía que hacer me he puesto los pantalones, los zapatos, me he lavado los dientes y la cara. Bajo a la calle. Mientras camino cuesta abajo, mi casa está justo en una cuesta, es de las últimas edificaciones que hay antes de llegar al Tossal, de tal forma que siempre que te marchas, excepto cuando voy a trabajar (ya hablaré algún día de esto), voy pendiente abajo, esto hace que sea fácil irse de mi casa, pero difícil regresar, quizás por eso recibo tan pocas visitas, quizás por eso incluso a mí me cuesta visitarme, o regresar, en fin, mientras camino cuesta abajo me siento pletórico, exuberante, he tomado un par de decisiones que van a afectar a mi cuenta corriente positivamente. La primera es que voy a borrarme del gimnasio, un robo menos. La segunda es que me voy a dar de baja de un número de teléfono que no gasto. Dos robos menos.

Camino hacia el centro de mi pequeña ciudad. Llego al gimnasio. Un gimnasio de esos de alto copete. Con chicas estupendas que te atienden rebosando amabilidad. Todo limpio y exento de malos olores, de hecho, en el hall no puedes imaginarte que detrás de la pared donde está el mostrador hay todo un ejército de personas moviéndose en estático, levantando pesas, corriendo en cintas, abdominales, bicicleta, spinning, body pump, body balance y demás formas de distracción y autosatisfacción que te hacen sudar y sentirte bien. No, nadie podría imaginarse. De alguna forma, lo que se te muestra siempre es el resultado, en todas las cosas, un resultado, el que se supone deseable. Al echar un vistazo y ser tan amablemente atendido por un morena de gran sonrisa, grandes tetas, gran polvo, me lo pienso y dudo por un momento, pienso ‘¡coño!, no sé qué quiero exactamente quedándome pero… ¡quiero quedarme!’. Aún así, yo, que ya me conozco estas cosas me domino el no sé qué y le pido por favor que me diga con quién debo de hablar para borrarme del gimnasio.

                -Espere un momento, debe de ir ahí dentro, en cuanto acabe la chica de atender le atenderá a usted.

                -Bien, gracias, esperaré.

 Me pongo a observar a quien entra y sale. Hay de todo, hay gente hermosa, gente que quiere serlo, hay gente que se le nota que le gusta el deporte y gente que se le nota que lo necesita. Un gimnasio no es en absoluto una concentración de idiotas, es como lo demás que hay en el mundo, hay de todo. Recuerdo que antes me repelían estos lugares. Pero ahora las cosas han cambiado, ya no viene ‘un tipo de persona’, no es posible hacer demarcación por el hecho de que alguien venga aquí. Lo único que uno puede leer de esto es que la gente que viene aquí tiene una prioridad que le supone un gasto de tiempo y dinero. Ya está. Lo mismo podría decirse de los cines y los bares. Mientras le doy vueltas a esto la chica de atención al cliente me avisa de que ya puede estar conmigo. Me hace pasar a su despacho.

-          Usted dirá.

-          Quiero borrarme del gimnasio.

-          Muy bien. – me da el papel para que firme mientras me pregunta: – ¿por qué se quiere borrar?

-          No tengo dinero.

-          Hay cuotas más bajas que las que usted pagaba.

-          ¿Ah sí? ¿no me podrían haber dicho eso hace un año?

-          Estoy segura de que se le informó.

Yo también, de verdad: la chica está siendo muy amable. Me cae bien.

-          ¿Quiere ver qué opciones tiene?

-          Bueno.

Entonces empieza a mostrarme opciones. Que si por ser funcionario tendría esta tarifa, que si voy a tal hora siempre me costaría tanto, y tal y tal.

Total, que salgo del gimnasio sin darme de baja, pero muy contento de haber conocido a alguien tan amable. Mi siguiente misión: teléfono.

No está demasiado lejos del gimnasio la tienda de mi compañía, así que llego en seguida. De camino me encuentro a una alumna con su madre en la parada del autobús. Al verme le da un codazo a su madre que le corta la respiración. La saludo sin pararme. Llego a la tienda. Está repleta de gente. Al igual que todo el mundo odio las colas, pero soy tenaz, no voy a irme de vacío, esta vez no. Seré inmune a la amabilidad, a las grandes tetas y a los grandes polvos.

-          Hola.

-          Coja número por favor.

-          De dónde.

-          De ahí.

Me señala a una maquinita con una pequeña pantalla. Me aproximo a ella y miro la pantalla. ‘seleccione la opción que desea: canjear puntos; servicio técnico; garantías; facturas y cobros; venta de terminales’. Mierda, contra esto no estaba preparado.

-          Oye. – le digo a la chica, por cierto, buenorra también. – aquí no sale la opción que quiero, ¿qué hago?

-          ¿Cuál es? – está mosca porque está atendiendo a un cliente.

-          Quiero darme de baja.

-          Eso no lo podemos hacer aquí.

-          Pero a mí me dijeron…

-          Pues le informaron mal.

Me cago en la puta. Me marcho. Luego llamaré a la compañía. Ya he tenido bastante derrota por hoy. Cojo la avenida de Alfonso X. Hay un montón de gente. Pero yo no les miro. No me apetece. Estoy cabreado. Me dan ganas de volver a la tienda de esa compañía de teléfonos, coger la máquina del turno, arrancarla de cuajo e ir al gimnasio para lazarla contra el despacho acristalado de la tía que me ha camelado. Mierda.

Mientras avanzo por la avenida, veo caminado a una pareja en sentido contrario al mío. Me fijo sin saber porqué al principio, pero en seguida entiendo por qué han atraído mi atención. Ella es bella, y está llorando. Con la cara congestionada, las mejillas enrojecidas, los ojos húmedos. Él la tiene cogida del brazo. No parece como si la estuviese consolando. En realidad, al ser un poco más bajo que ella, da la sensación de que se está agarrando como quién se sube a un autobús en marcha. Ella es esbelta, de piernas largas. Pero llora. Mejor dicho: y llora. Pasan a mi lado como un tren de alta velocidad, pero a mí se me queda una pregunta en la mente ¿por qué me pasa siempre lo mismo cuando veo a una desconocida llorar? siempre me ocurre que siento como si me encontrase con la única persona en el mundo que en esos momentos está en disposición de decir la Verdad. Me da ganas de preguntarle o de pedir que sea nuestra portavoz, de ponerla en un pedestal y pedirle que lo suelte, que cante, que cante esa triste canción que todos tenemos en la cabeza pero que no tenemos voz para expresar. ¡Sí! ¡Eso es! ¡El aria! ¡Es eso! lo que ocurre es que cuando veo a una mujer llorar, en la calle, en el metro, en un ascensor, haciendo la compra, en la mesa de un bar… lo que ocurre es que veo el momento del aria, y quiero que cante. Que cante esa canción, que cuente lo que me ha pasado en el gimnasio, con la máquina expendedora de turno, que cante lo difícil que es regresar a mi casa, lo fácil que es marcharse de ella.

Ver llorar a una mujer, para mí, es hermoso. Pero es una hermosura que uno ha de saber controlar, porque mientras la veo llorar no siento hermosura, siento unas ganas irreprimibles de consolarla y, al mismo tiempo, siento que las lágrimas de una mujer son inagotables. Puedo llegar a ahogarmen ellas, o entrar en combustión espontánea. Las lágrimas de una mujer son un fuego inextinguible, devorador, devastador, que si no te mantienes alerta te puede llegar a consumir. Cuando Moisés se encontró en el monte Sinaí con el arbusto ardiente que se presentó a si mismo como Dios, con lo que se encontró fue con la mejor metáfora que he conocido sobre la mujer: un arbusto que arde pero sin consumirse. Así es el llanto de una mujer. Una mujer puede llorar durante días, meses, toda la vida, y, de repente y aún así, un día dejar de hacerlo y no mostrar la más mínima mella de toda esa tribulación. Un hombre llora una tarde y ya no es nadie durante días, meses, toda la vida.

Yo he llorado pocas veces en mi vida. Por lo visto nací con el saber de que, por ser hombre, no me lo puedo permitir, no soy lo bastante fuerte. Aunque, ahora que lo pienso, de niño era muy llorón. No recuerdo quién, pero un día alguien me dijo: ¡que ya eres mayor para llorar!; por lo visto me lo creí. Siempre he sido crédulo para ciertas cosas. A todo esto, ahora que lo pienso, nunca he visto a un tío llorar por la calle. No sé si eso lo podría soportar.

otro otoño

a veces vas caminando por la calle y llueve aunque luzca el sol. la calle está llena de hojas secas aunque sea primavera. es de noche de día. caminas en una calle vacía. a veces vas caminando por la calle y eres un olvidado, y lo sabes, y casi no te importa porque casi has olvidado que te olvidaron. por lo menos lo intentas y por eso caminas por la calle. y a veces es realmente de noche, la calle está vacía, llena de hojas secas y caminas a través de la lluvia. y esas veces recuerdas que te han olvidado, pero piensas que ya no importa, porque olvidaste a quien te olvidó, y no recuerdas la última vez que lo hicieron. entonces, casi feliz, te sientas en un banco, rindiéndote al abrazo de la lluvia, a los besos de la noche, al arrullo de la hojarasca, y disfrutas del momento. y, realmente, te das cuenta del momento. porque no hay otra cosa. porque la memoria es para los muertos y tú estás vivo. y, eso, es esperanzador. por eso me gusta el otoño.

a veces uno busca la salvación, pero casi siempre buscamos la condena en nuestros actos. nuestros actos no son nuestros. escapan de nosotros en el mismo momento de ejecutarlos. se funden con el mundo y se dedican a tener vida propia. y son leídos, interpretados, comprendidos. entonces a ti vuelven esas lecturas, esas interpretaciones, esas comprensiones; sean las que sean, pero no las deseadas. no hacer nada es la  mejor manera de no estar condenado. la búsqueda de la salvación es la búsqueda de la no intervención… ¿y quién quiere ser salvado? lo que pasa es que esas condenas, esas lecturasinterpretacionescomprensiones, nos hunden en el lodo del tiempo vivido. así que un día el otoño regresa y te salva, porque el otoño es la prueba de que todo muere, nada permanece, incluso nuestros actos, incluso las consecuencias de nuestros actos.

si todos fuésemos uno. si todos supiésemos vivir desde el interior de los demás, seguramente nos daríamos cuenta de que no hay nada que temer, que realmente todos queremos lo mismo y de la misma manera, solo que somos tan torpes. soy tan torpe. no sabemos hacer que nuestros actos sean una prueba de amor. no sabemos hacer otra cosa que poner condiciones. condición de qué es ser esto, qué es ser lo otro. si esas condiciones no son satisfechas, entonces rechazamos la propuesta. por eso estamos tan solos.

si confiases. si yo confiara. hace un tiempo una amiga me dijo que yo siempre reducía muchos actos de las personas al miedo. y que decir que todo es por el miedo es no decir nada. bien, supongo que con miedo me refiero a esto: no querer asumir que la otra persona necesita exactamente lo mismo que tú, que espera lo mismo que tú, y que te intenta dar eso pensando en cómo lo quieres recibir tú. como decía Lacan: amar es dar algo que no se tiene a alguien que no lo necesita. exacto, complicamos nuestras relaciones porque tratamos de imaginarnos el lugar del otro, y entonces se da el fallo. no es necesario imaginarse el lugar del otro: todos estamos en el mismo lugar, una ciénaga confusa y empobrecedora de soledad. pero nadie lo quiere reconocer. es más fácil pensar que todos somos diferentes, porque eso, de una manera u otra, nos permite reprimirnos a nosotros mismos. si nos dejásemos de tantos y tantos rodeos… seguramente acabaríamos todos a puñetazos, pero así a lo mejor dejaríamos de dárnoslos a nosotros mismos. dejaríamos de autodestruirnos, enfermarnos, y envenenar este mundo con el resultado. quizás amar al prójimo como a uno mismo signifique eso, correr el riesgo de acabar a puñetazos.

es tan necesaria la confianza, y tan escasa… es tan abundante la necesidad, y tan escaso lo necesario. cuando camino por la calle veo esa imagen típica de gente apresurándose a ir a algún sitio, gente que pasea, gente apresurándose a irse de algún sitio. son los tres tipos de viandantes. una vez un conferenciante redujo los miedos de la humanidad a dos básicos, de los que se derivaban los demás: miedo a ser perseguido y miedo a ser abandonado. en la literatura de terror la forma en la que se presentan es, el primero, con la leyenda del doppelganger (el doble) y, el segundo, con la del enterrado vivo. en la taxonomía del viandante, es difícil dilucidar quién responde al miedo de ser enterrado vivo, y quién al de tener un doble que suplante su vida. quién es el perseguido o quién el abandonado. en realidad, creo que en la calle todos estamos en el mismo punto… el abandono nos persigue, la persecución nos ha abandonado. al final, puede que lo único que podamos hacer sea pasear, olvidarnos de los destinos y de los orígenes. por eso tengo tantas ganas de reírme a carcajada limpia. creo que en la risa uno pierde conciencia de su temporalidad, de que tenemos un pasado y un futuro.

en otoño parece que a la gente le cuesta un poco reír. ayer, cuando me senté en aquel banco de noche, en plena lluvia, con los pies hundido en la hojarasca, y casi feliz, intenté reír, pero no pude. para eso me hace falta alguien. al menos no tengo miedo, no me siento ni abandonado ni perseguido. solamente paseo. es lo que hago. y escribo. escribir es un acto, es ofrecerse a ser leído, interpretado, comprendido, condenado pero… ¿y qué si no me salvo? 

monstruo acabado (continuación)

Salen del bosque y el monstruo acabado sigue igual: su brazo izquierdo balanceándose inerte, la sangrante marca de la cabeza… el niño, sin embargo, no ofrece el mismo aspecto, su ropa está hecha girones, manchada de tierra, en sus mejillas hay arañazos, y anda agotado, como si llevase andando durante décadas.

-    Cuánto falta para llegar, estoy cansado, -dijo el niño.

-    No lo sé, nunca he estado aquí.

-    ¿Entonces por qué te daba miedo el bosque?

-    Porque lo había visto en sueños.

-    Y no has visto nada más en sueños.

-    Sí, recuerdo el camino, este, entre arbustos, pedregoso.

-    ¿Has venido aquí por tus sueños?

el monstruo mira al niño, como dudando si responder. el monstruo vuelve a centrar la vista en el camino, manteniendo su silencio. el niño no insiste, sabe que él tampoco respondería.

el aire huele dulce, como si todo estuviese plagado de flores, sin embargo no hay ninguna. poco a poco se va haciendo más oscuro hasta que apenas puede verse nada en una cerrada noche sin luna. caminan unos minutos casi a ciegas, oyendo solo sus pisadas, pero el niño de repente se detiene, está asustado,  el monstruo no lo puede saber porque prácticamente no le ve la cara.

-    ¡Espera!- dice el niño.

-    ¿Qué pasa?

-    Alguien viene.

-    ¿Puedes ver quién?

El monstruo fuerza la vista para distinguir lo que había alertado al niño. pero no es capaz de ver nada, sin embargo consigue oír el sonido de unas pisadas que se estaba aproximando a ellos.

 

-    Es ella.

-    ¿Quién?– pregunta el monstruo.

-    Ella. La que te recuerda. Con la que sueñas.

nadie me recuerda, piensa el monstruo, en realidad, todos hacen lo posible por olvidar que me han visto. y ella, con la que sueña, mas que nadie.

hola, ¿estás solo?. no, vengo con un niño. aquí no hay niño. el monstruo comprueba que está solo al mirar la oscuridad que le rodea. el rostro de un bella mujer se va iluminando poco a poco, como una flor que se abre. ¿sabes quién soy?

-    Siempre he querido saberlo.

continuará…

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