
Un círculo no es más que una elipse especial cuyos dos centros ocupan el mismo lugar. Esa es más o menos la reflexión que la protagonista de Ágora, Hipatia, usa para explicarle a su esclavo la posibilidad de que la Tierra orbitase alrededor del Sol siguiendo una trayectoria distinta a la del círculo, consiguiendo dar cuenta, entre otras cosas, del hecho de que el Sol variase de tamaño, como si se acercase y se alejase. La propuesta de Hipatia en la película es que la Tierra orbitaba trazando una elipse: de esta manera el Sol era el centro sin estar en el centro.
Ayer fui a ver a la película Ágora. Os la recomiendo.
Amenábar decía en una de las entrevistas que está concediendo para promocionar su película que en ella pueden verse dos facetas contrapuestas de la naturaleza humana. Por una lado lo tolerante y mesurado, por otro lado la mezquindad, la intolerancia. A mí me gustaría pensar que en la película se retratan los dos modos de encarnar lo humano y por tanto los dos caminos de alejamiento de lo humano. Está aquella gente que le parece importante la verdad y la gente a la que no le parece importante la verdad. Ambas actitudes nos tientan a dejar de ser humanos. Es decir, nos alejan de los demás, o hacen que los demás nos alejen de nosotros mismos. Hipatia simboliza en la cinta esa figura de ser humano que ama la verdad por encima de todas las cosas, hasta el punto que trasciende lo humano. No caería yo en la trampa de emplear la expresión de Nietzsche de “demasiado humana”. Aunque la tentación es muy grande. Pero no, en algunos momentos de la película yo sentía deseos de que Hipatia transigiese. Que no se trataba tampoco de eso, de acabar sola, caminado entre la multitud, a la merced de los monjes cristianos que la desollaron y la descuartizaron. Y sin embargo, esa pureza, inhumana, real de una forma que duele, brilla, y brilla tanto. Del otro lado, aquellos que no piensan que la verdad sea lo más importante se eleva entre todos los que pertenecen a este grupo (yo diría que el resto de personajes) la figura de Orestes. Orestes, que es definido por la misma Hipatia como un pragmático, se presenta en la historia como ese ser humano que, aunque en un primer momento se niega a postrarse ante lo que el libro sagrado dice, y se niega por que lo que dice el libro sagrado sobre la mujer no es verdad, después claudica, y ese claudicar de alguna forma lo hace de carne y hueso. Hay en la figura de Orestes algo que recuerda mucho a ese apóstol que negó tres veces a su maestro y que recuerda que ni en la historia sagrada el ser humano es capaz de huir de sus límites. La cuestión es que no hay acuerdo sobre los límites, o quizás los límites están aun por encontrar. Por decirlo de algún modo, son los límites los que nos encuentran a nosotros, de vez en cuando.
Volviendo a Nietzsche, ya dijo él que aceptar la vida en comunidad es aceptar el poco valor de la verdad, aceptar el valor incondicional de la verdad es aceptar el exilio. Someter la verdad a condiciones, es decir, integrarla en el juego social es reconocer los límites del ser humano, la condición humana. Hacer de la verdad algo sagrado, como algo que no responde a ninguna condición, es intentar trascender lo humano, porque el ser humano es un ser social, y eso tiene un precio.
El cristianismo fue en sus comienzos la religión que innovó en un punto capital frente a otras religiones, y esta innovación radicó justamente en que entre sus dogmas de fe estaba la idea de un dios que se había hecho humano pero que al mismo tiempo era de naturaleza divina. Esas dos naturalezas, existiendo en el mismo punto, como los centros de esa elipse especial a la que llamamos círculo era posiblemente la aportación más importante que el cristianismo hizo a la historia de la religión. Lo divino encarnado, la carne divinizada.
En la película, Hipatia se convierte en lo que Wittgenstein llamaba “la figura de un ser humano”… y sin embargo, del mismo modo que los círculos no son la mejor forma de representar el cielo, tampoco lo son para representar lo humano. No es verdad que la carne sea divina y que lo divino se haga carne. Hay una distancia entre ambos, un paralaje como dice Zizek, y en ese paralaje, en un punto indefinido entre ambos extremos que no son más que fantasía, en ese exceso vacío que abruma, está lo humano. Mi secuencia favorita de toda la película es cuando Hipatia, tras haber sido homenajeada por Orestes públicamente, tocando una bella pieza musical, alabando la belleza y armonía divina de su maestra, ésta le entrega un regalo para corresponder al homenaje recibido: un pañuelo manchado con su menstruación, “esto no es divino, ni armonía”. En mi opinión es en ese momento cuando el significado de la película se despliega en toda su profundidad. Hipatia no es ejemplo de lo divino, no lo es de lo carnal, rechaza ambos polos, ambos centros, mostrando lo que se oculta, su fisicalidad, su condición de no ser, su ansia de ser. Hipatia afirma su libertad con el gesto de mostrar lo real, mejor dicho, la huella de lo real. A partir de ahí, entiendo yo, nadie puede creerse ya que el cristianismo sea el más moderno de los credos, Hipatia muestra que ya no hay credo, porque no hay centro sino descentro. Giramos en torno a un vacío. Ese vacío que ella mira en la cúpula de la Biblioteca, mientras muere a manos de su antiguo esclavo. Y ese dualismo perpetuo: ser-nada, carne-divino, verdad-convención, hombre-mujer, fe-razón… ese dualismo perpetuo es el ecosistema de la filosofía. Al final de la película, Hipatia, obstinada en no doblegarse ante los cristianos, le dice a un antiguo alumno suyo: “Tu no puedes cuestionar lo que crees, yo no puedo dejar de cuestionar lo que creo”.
“Pase lo que pase en las calles, somos hermanos”, somos humanos.
Hermosa película.
Dedicado a Ana E., mi maestra.