Oscuridad
Toda la noche conduciendo. La carretera está vacía. Sólo se escucha el sonido del motor de mi carro. Negro como la noche, circula por el asfalto como una lagrima de petróleo. Mis pupilas están tan dilatadas que mis ojos parecen los de un caballo. Enciendo un cigarro más, enciendo la radio, una voz sensual de mujer habla de arte, cambio la sintonía, pongo arte, pongo a Tom Waits, Mule Variations, I Big In Japan. Los faros de mi carro escarban con una pala de luz el estómago de la oscuridad. Tengo la sensación de que nunca he mirado a la luz frente a frente. Siempre ella ha ido por delante de mí, iluminando mi camino, a penas un metro por delante de mis pasos, a penas milímetros. No sé cuál es su rostro. Sólo conozco a la otra, la negrura. Esa negrura hiperpoblada, densa, majestuosa y salvaje. Cuerpo amorfo que lo aplasta todo bajo su peso. Mi carro sigue engullendo metros, Tom canta Hold On. Hold on viejo, hold on. La oscuridad, el horror decía el Coronel Kurtz. Hacia ahí voy, siempre, siempre, a ciento cincuenta por hora. Siempre tan rápido, justo pegado a la luz, agarrado a ella como de una cometa blanca que se precipita al huracán. Tantas ganas de mirarla cara a cara. Nunca le he visto el rostro, nunca. Soy su eurídice, siguiéndola a través del Hades. El disco se acaba, de nuevo, el motor de mi carro se hace con la noche. Del carril contrario, en el cambio de rasante, emerge un enorme camión. Tarda lo suficiente en apagar las largas como para que la pueda ver: la luz. La veo, la puedo observar, con detalle, sus rostros, todos, luz. La luz, y me dirijo a ella, de fondo escucho un frenazo, puedo oler el neumático quemado. Deja de oirse el motor. La luz y nada más, nada.
