Muestra de azar

media tarde. ramón salía de su casa con la certeza de que no iba a llegar a tiempo. de momento no es necesario saber quién le estaba esperando. rocío iba montada en un taxi con la certeza de que iba a tener que esperar, como siempre. por ahora no importa saber a qué. pero es importante saber que ella estaba triste. es importante saber que él estaba enfadado. ramón con paso acelerado y sincopado se dirigía a la avenida, cruzando el parque que llevaba a ella. al tiempo el taxi, con esa forma que tiene de moverse un taxi cuando el ocupante temporal quiere que el tiempo pase rápido, que el destino llegue pronto, entraba en la avenida. rocío lo había prometido, ese tipo de promesas que se lanzan a alguien en calidad de notario, había prometido que nunca más iba a sufrir por culpa de nadie. ramón ya en la avenida. a media tarde algunas avenidas se comportan como arterias seccionadas, solamente a ratos algún reguero de vehículos se atasca en los infinitos semáforos, para luego desaparecer. la avenida ahora estaba vacía. y ramón quería un taxi. pero rocío todavía no había llegado. esta noche esta noche, es la noche es la noche, y nada más en el cerebro de ramón salvo un pequeño espacio reservado a la observación del manantial de vehículos, una luz verde, quiero ver una luz verde, se decía ese pequeño espacio. y así, esta noche es la noche, esta noche esta noche quiero ver una luz verde es la noche, pasó un tiempo, ese tipo de paso que no se percibe, como cuando cabeceas por la noche mientras ves la televisión y de repente la película está acabando. estas cosas le pasaban muy a menudo a ramón. rocío se piensa a sí misma pensando en algo que no desea pensar. y siente que debería abandonar esa dinámica. pero ¿cómo puede abandonarse algo sin moverse del sitio? esa es la típica pregunta que no necesita respuesta, porque la respuesta es la misma pregunta ¿verdad? así que le pide al taxista que pare, por favor. y el taxista le dice que aún queda mucho para llegar a su destino y ella le contesta que se ha dado cuenta de que ese no era su destino, y entonces el taxista sin ‘escuchar’ lo que ella ha dicho pero dándose por satisfecho con la respuesta porque no necesitaba respuesta alguna para el taxi, le dice el importe que le debe, se cobra, baja del taxi, saca la maleta de rocío del maletero y se la entrega. ramón, al verse delante de un taxi del que bajaba una señorita, pensó que era agradable no tener que pedir las cosas y que puede que la certeza que tenía de que no iba a llegar a tiempo no fuese otra cosa que otro malentendido más con la realidad. cuando rocío subió a la acera con su maleta trolley azul pudo ver cómo un chico con cierto aspecto de atolondrado le miraba con expresión bobalicona de agradecimiento, expresión que a ella por cierto le conmovió y le hizo sonreír con cierta timidez, haciéndole olvidar por un segundo la gravedad de la decisión que acababa de tomar, haciéndole jugar con la idea de que, al fin y al cabo no había hecho más que ayudar a un desconocido. ramón en el taxi pensó que qué curioso cuando el taxista le dijo que el destino al que quería ir era el mismo que al que iba la señorita. pero ese pensamiento se esfumó en seguida, como la imagen de rocío en el retrovisor, objeto de una rapaz mirada del taxista.

rocío ahora no sabía muy bien qué debía hacer. así que, erróneamente, decidió hacer lo de siempre. caminó hacia un parque cercano, buscó un banco con una buena vista, dejó la maleta a un lado, se sentó y esperó. ramón, nuevamente, estaba ensimismado, le gustaba imaginar lo que iba a pasar, quiero decir, le gustaba imaginar lo que pasaría esa noche cuando él llevase a cabo su plan. y claro, imaginar eso significaba imaginarse a eva. y eso lo ensimismaba sobremanera. ramón no era demasiado original, él lo sabía. pero también creía por otra parte que quizás el concepto de originalidad del siglo veintiuno había cambiado, quizás ahora la originalidad consistía en elevar lo habitual al altar de lo sagrado, creer en ello con tanta intensidad que emerja de ello lo real. y por eso iba a toda prisa a comprar un anillo, uno que vio en la joyería la semana pasada. fue cuando lo vio cuando entendió que era así como tenía que hacer las cosas, y que como fue ese anillo en concreto el que le reveló eso. ese tenía que ser, entonces, el instrumento para ejecutar su fantasía, para imaginar a eva.

ricardo tamborileaba con los dedos en el mostrador. no quería que ella siguiese esperando, porque sabía que esperaba, y estaba seguro que lo esperaba a él. había decidido dárselo esta noche. un premio, un anillo, lo que querría ella, lo que cualquiera querría. ricardo tamborileaba mientras la dependienta cogía el anillo del escaparate. sí, ese está bien. envuélvamelo, por favor. eva, mientras envolvía el anillo pensaba en cómo la gente continuaba haciendo estas cosas. pensaba en la cantidad de cosas que se pueden hacer con ese dinero, pensaba en la cantidad de cosas que pueden hacerse en lugar de esforzarse en ganar dinero para comprar ese anillo. ricardo estaba feliz. sabía que estaba haciendo lo que se esperaba de él, así que se sentía seguro, y para él la felicidad era eso o algo muy similar. una mesa reservada en el restaurante de enfrente, una buena cena, una conversación íntima y misión cumplida. móvil de eva: ramón: estoy llegando, conseguiré estar ahí antes de que cierres. móvil de ricardo: rocío: lo siento, no voy a ir, necesito tiempo para mí, debemos dejarlo. y ya no hace falta decir más cosas de ricardo, o sí, pero no ahora, aquí.

la noche ya estaba aquí, plantándose en el parque, sentándose frente a rocío, que seguía mirando al futuro y no veía más que esa noche que a todos nos quiere cubrir alguna vez. ramón baja del taxi corriendo, casi choca con ricardo, que al ver el vehículo no dudó en subirse a él. ramón llegó con dos zancadas al escaparate, como para asegurarse que el origen de su fantasía seguía allí, sustentándola. su rostro, como se suele decir en estos casos, se desencajó a causa del horrible vacío que halló. entró en la tienda y sin poder reprimir su frustración le preguntó a eva por el anillo ¿qué anillo? ¡el que estaba ahí! ¡ah! ¡ese! se lo iba a llevar un señor, pero cuándo se lo estaba envolviendo se ha marchado sin decir nada, aquí está. y bueno, para qué contar lo que sigue, para satisfacer nuestra curiosidad, hagamos como que nos interesa. entonces él saca la cartera e impostando la voz tal y como había ensayado le dice: ’señorita, quiero este anillo, voy a regalárselo al amor de mi vida’, y eva pone una cara que no se parece a la que ramón había imaginado, sonríe, nerviosa, como quien sonríe ante el ridículo de alguien a quien no quiere ver haciéndolo. entonces ramón pierde pie y se empieza a hundir. aún así insiste, lo cual hace que eva también insista y le diga ‘yo no quiero un anillo, ramón’, y eso hace que ramón haga lo que suele hacer cuando lo que imagina no consigue que se haga real: una idiotez. ‘nadie ha dicho que sea para ti, he dicho que me lo envuelvas y me lo vendas’. eva, confusa, se lo envolvió, le cobró, ramón se marchó y comenzó a caminar hacia su casa.

en la calle, en el paseo de ramón, la noche, que tiene el don de la oportunidad, se pone a pasear con él, y como dos gotas de tinta que resbalan hacia el centro de la espiral, la noche de rocío y la de ramón se encuentran en el parque. rocío lo mira, casi no lo reconoce, pero hay algo en común entre la expresión de bobalicón que le había visto antes y la de asqueado que tiene ahora, una especie de aire infantil. hola ¿te acuerdas de mí? soy quien te ha pasado el taxi. sí ¿que haces aquí? pues esperando. y ramón, como es así, le entrega su imaginación envuelta ¿qué es? lo he comprado para ti. rocío, tras abrir la caja y poner el anillo en la palma de su mano mira a ramón. éste, avergonzado por lo que acaba de hacer se marcha. mientras rocío ve cómo ramón se aleja sus ojos se llenan de lágrimas, por fin sabe lo que había estado esperando, gracias, dijo. se levantó, agarra su maleta trolley azul y comienza a caminar. al llegar a la avenida espera pacientemente a un taxi. sube en él. le dice al conductor su destino. el taxi se pone en marcha, abandonando aquel lugar y a un anillo que brilla todavía en la calzada, imagínate.

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