Vicente Ferrer, in memoriam

vicente_ferrercreo que fue el domingo que cayó en mis manos un periódico del día anterior. en la portada, en pequeño, aparecía la noticia del fallecimiento de Vicente Ferrer. en el artículo del interior dedicado a él se citaba una frase que venía a decir más o menos que determinados seres humanos no deberían morir. sí, pienso que hay personas que con su vida llegan a justificar la existencia de la especie humana. no revelaré mi lista personal. existen listas personales, pero dentro de esas listas siempre hay algún nombre en el que todos los seres humanos estamos de acuerdo. Kant decía que que la prueba de que un acontecimiento es síntoma de progreso es que despierte en toda la humanidad cierto sentimiento de simpatía. algo complicado eso de que todos sintamos simpatía por la misma cosa, pero es que el progreso es algo complicado. es complicado que se den las condiciones para que una figura como Vicente Ferrer aparezca. por eso su importancia es más notable todavía. por eso uno tiene el deseo de que personas así no mueran nunca, porque al morir muere un poco de nuestra fe en el progreso, como si la ola hubiese arrasado con el castillo de arena. sin embargo no es así. podría enumerar varias cosas que me maravillan de la obra de Vicente Ferrer, pero quizás la más relevante para mí es que Vicente Ferrer es de esos seres que han conseguido hacer, como un amigo mío dice, que las palabras se conviertan en carne, es decir, un ser humano que ha llevado una vida ejemplar.

quizás tendría que explicarme un poco más. el ejemplo no radica para mí en que las acciones de Vicente Ferrer deban de ser imitadas por el resto de nosotros, esto es algo que no podemos decidir, aunque ojalá fuese así. el sentido de vida ejemplar consiste para mí en que en este mundo ha vivido alguien para quien lo que la razón y el sentimiento se ha propuesto es de forma ineludible el sentido de su existencia. Un ser humano que no se ha dejado esclavizar por sus ideales, sino que ha traido eso ideales a lo real, privando a las palabras de ese vacío con el que siempre amenazan, llenándolas de la sangre de lo cotidiano. y así a logrado, al menos, cambiar cierta parcela del mundo, y cierta parcela de cómo nos representamos el mundo.

hace algo más de un año yo estaba en Viena, había alquilado un apartamento por unos cuantos días y una noche, a altas horas de la madrugada puse la televisión, confiando en poder ver algún canal de español. aparte del canal internacional pude sintonizar la TV3, y en esos momentos estaban haciendo un repotaje dedicado a Vicente Ferrer. era la primera vez que lo escuchaba hablar. quizás las primeras impresiones no son las más indicadas para juzgar a alguien, pero vi a alguien bueno, con la llama de la sagacidad en la mirada. quizás las palabras dichas no sea la forma más indicada para juzgar a alguien, pero sus palabras eran sabias, afiladas y expresaban un espíritu inconformista, optimísta pero no crédulo no autocomplaciente. una de las frases que dijo y que atesoro de aquella entrevista, entre otras, venía a decir más o menos que la única forma de alcanzar “la salvación” era que “la SOCIEDAD se transformase en HUMANIDAD”, y ante la pregunta de si el momento ese estaba próximo, Vicente Ferrer contestó que la evolución de la especie ha sido un proceso lentísimo y lo sigue siendo, pero que aunque la única manera de sobrevivir que tiene la especie es humanizándose, y esta humanización va poco a poco imponiéndose, esa humanización no puede llegar de otra manera que no sea con el trabajo digno. hoy buscaré en internet la entrevista. no debo olvidar esas palabras hechas carne, esa vida ejemplar. sí, Vicente Ferrer es un ser humano que debería haber vivido eternamente, y espero que llegue el día en el que esto pueda ser dicho de todos y cada uno de nosotros.

Muestra de azar

media tarde. ramón salía de su casa con la certeza de que no iba a llegar a tiempo. de momento no es necesario saber quién le estaba esperando. rocío iba montada en un taxi con la certeza de que iba a tener que esperar, como siempre. por ahora no importa saber a qué. pero es importante saber que ella estaba triste. es importante saber que él estaba enfadado. ramón con paso acelerado y sincopado se dirigía a la avenida, cruzando el parque que llevaba a ella. al tiempo el taxi, con esa forma que tiene de moverse un taxi cuando el ocupante temporal quiere que el tiempo pase rápido, que el destino llegue pronto, entraba en la avenida. rocío lo había prometido, ese tipo de promesas que se lanzan a alguien en calidad de notario, había prometido que nunca más iba a sufrir por culpa de nadie. ramón ya en la avenida. a media tarde algunas avenidas se comportan como arterias seccionadas, solamente a ratos algún reguero de vehículos se atasca en los infinitos semáforos, para luego desaparecer. la avenida ahora estaba vacía. y ramón quería un taxi. pero rocío todavía no había llegado. esta noche esta noche, es la noche es la noche, y nada más en el cerebro de ramón salvo un pequeño espacio reservado a la observación del manantial de vehículos, una luz verde, quiero ver una luz verde, se decía ese pequeño espacio. y así, esta noche es la noche, esta noche esta noche quiero ver una luz verde es la noche, pasó un tiempo, ese tipo de paso que no se percibe, como cuando cabeceas por la noche mientras ves la televisión y de repente la película está acabando. estas cosas le pasaban muy a menudo a ramón. rocío se piensa a sí misma pensando en algo que no desea pensar. y siente que debería abandonar esa dinámica. pero ¿cómo puede abandonarse algo sin moverse del sitio? esa es la típica pregunta que no necesita respuesta, porque la respuesta es la misma pregunta ¿verdad? así que le pide al taxista que pare, por favor. y el taxista le dice que aún queda mucho para llegar a su destino y ella le contesta que se ha dado cuenta de que ese no era su destino, y entonces el taxista sin ‘escuchar’ lo que ella ha dicho pero dándose por satisfecho con la respuesta porque no necesitaba respuesta alguna para el taxi, le dice el importe que le debe, se cobra, baja del taxi, saca la maleta de rocío del maletero y se la entrega. ramón, al verse delante de un taxi del que bajaba una señorita, pensó que era agradable no tener que pedir las cosas y que puede que la certeza que tenía de que no iba a llegar a tiempo no fuese otra cosa que otro malentendido más con la realidad. cuando rocío subió a la acera con su maleta trolley azul pudo ver cómo un chico con cierto aspecto de atolondrado le miraba con expresión bobalicona de agradecimiento, expresión que a ella por cierto le conmovió y le hizo sonreír con cierta timidez, haciéndole olvidar por un segundo la gravedad de la decisión que acababa de tomar, haciéndole jugar con la idea de que, al fin y al cabo no había hecho más que ayudar a un desconocido. ramón en el taxi pensó que qué curioso cuando el taxista le dijo que el destino al que quería ir era el mismo que al que iba la señorita. pero ese pensamiento se esfumó en seguida, como la imagen de rocío en el retrovisor, objeto de una rapaz mirada del taxista.

rocío ahora no sabía muy bien qué debía hacer. así que, erróneamente, decidió hacer lo de siempre. caminó hacia un parque cercano, buscó un banco con una buena vista, dejó la maleta a un lado, se sentó y esperó. ramón, nuevamente, estaba ensimismado, le gustaba imaginar lo que iba a pasar, quiero decir, le gustaba imaginar lo que pasaría esa noche cuando él llevase a cabo su plan. y claro, imaginar eso significaba imaginarse a eva. y eso lo ensimismaba sobremanera. ramón no era demasiado original, él lo sabía. pero también creía por otra parte que quizás el concepto de originalidad del siglo veintiuno había cambiado, quizás ahora la originalidad consistía en elevar lo habitual al altar de lo sagrado, creer en ello con tanta intensidad que emerja de ello lo real. y por eso iba a toda prisa a comprar un anillo, uno que vio en la joyería la semana pasada. fue cuando lo vio cuando entendió que era así como tenía que hacer las cosas, y que como fue ese anillo en concreto el que le reveló eso. ese tenía que ser, entonces, el instrumento para ejecutar su fantasía, para imaginar a eva.

ricardo tamborileaba con los dedos en el mostrador. no quería que ella siguiese esperando, porque sabía que esperaba, y estaba seguro que lo esperaba a él. había decidido dárselo esta noche. un premio, un anillo, lo que querría ella, lo que cualquiera querría. ricardo tamborileaba mientras la dependienta cogía el anillo del escaparate. sí, ese está bien. envuélvamelo, por favor. eva, mientras envolvía el anillo pensaba en cómo la gente continuaba haciendo estas cosas. pensaba en la cantidad de cosas que se pueden hacer con ese dinero, pensaba en la cantidad de cosas que pueden hacerse en lugar de esforzarse en ganar dinero para comprar ese anillo. ricardo estaba feliz. sabía que estaba haciendo lo que se esperaba de él, así que se sentía seguro, y para él la felicidad era eso o algo muy similar. una mesa reservada en el restaurante de enfrente, una buena cena, una conversación íntima y misión cumplida. móvil de eva: ramón: estoy llegando, conseguiré estar ahí antes de que cierres. móvil de ricardo: rocío: lo siento, no voy a ir, necesito tiempo para mí, debemos dejarlo. y ya no hace falta decir más cosas de ricardo, o sí, pero no ahora, aquí.

la noche ya estaba aquí, plantándose en el parque, sentándose frente a rocío, que seguía mirando al futuro y no veía más que esa noche que a todos nos quiere cubrir alguna vez. ramón baja del taxi corriendo, casi choca con ricardo, que al ver el vehículo no dudó en subirse a él. ramón llegó con dos zancadas al escaparate, como para asegurarse que el origen de su fantasía seguía allí, sustentándola. su rostro, como se suele decir en estos casos, se desencajó a causa del horrible vacío que halló. entró en la tienda y sin poder reprimir su frustración le preguntó a eva por el anillo ¿qué anillo? ¡el que estaba ahí! ¡ah! ¡ese! se lo iba a llevar un señor, pero cuándo se lo estaba envolviendo se ha marchado sin decir nada, aquí está. y bueno, para qué contar lo que sigue, para satisfacer nuestra curiosidad, hagamos como que nos interesa. entonces él saca la cartera e impostando la voz tal y como había ensayado le dice: ’señorita, quiero este anillo, voy a regalárselo al amor de mi vida’, y eva pone una cara que no se parece a la que ramón había imaginado, sonríe, nerviosa, como quien sonríe ante el ridículo de alguien a quien no quiere ver haciéndolo. entonces ramón pierde pie y se empieza a hundir. aún así insiste, lo cual hace que eva también insista y le diga ‘yo no quiero un anillo, ramón’, y eso hace que ramón haga lo que suele hacer cuando lo que imagina no consigue que se haga real: una idiotez. ‘nadie ha dicho que sea para ti, he dicho que me lo envuelvas y me lo vendas’. eva, confusa, se lo envolvió, le cobró, ramón se marchó y comenzó a caminar hacia su casa.

en la calle, en el paseo de ramón, la noche, que tiene el don de la oportunidad, se pone a pasear con él, y como dos gotas de tinta que resbalan hacia el centro de la espiral, la noche de rocío y la de ramón se encuentran en el parque. rocío lo mira, casi no lo reconoce, pero hay algo en común entre la expresión de bobalicón que le había visto antes y la de asqueado que tiene ahora, una especie de aire infantil. hola ¿te acuerdas de mí? soy quien te ha pasado el taxi. sí ¿que haces aquí? pues esperando. y ramón, como es así, le entrega su imaginación envuelta ¿qué es? lo he comprado para ti. rocío, tras abrir la caja y poner el anillo en la palma de su mano mira a ramón. éste, avergonzado por lo que acaba de hacer se marcha. mientras rocío ve cómo ramón se aleja sus ojos se llenan de lágrimas, por fin sabe lo que había estado esperando, gracias, dijo. se levantó, agarra su maleta trolley azul y comienza a caminar. al llegar a la avenida espera pacientemente a un taxi. sube en él. le dice al conductor su destino. el taxi se pone en marcha, abandonando aquel lugar y a un anillo que brilla todavía en la calzada, imagínate.

EL NIÑO VIVIENTE

No suelo ver niños vivos en este parque. Sé que es posible que estén en alguno de los muchos escondites secretos que hay por este lugar. Una noche me ocurrió que, caminando por un paseo de la zona oeste, observé cómo de una oquedad que formaban tres grandes setos surgía una manita, con la palma abierta hacia arriba, como si estuviese pidiendo algo, como si la criatura a la que pertenecía estuviese pidiendo que la sacasen de ese agujero. Me acerqué, aplastando con mis pasos la hierba húmeda como cabellos mojados por la niebla. Pregunté primero si se encontraba bien, pero no recibí respuesta alguna. Las sombras me impedían ver el resto del cuerpo. Aproximé las yemas de mis dedos hasta rozar suavemente las puntas de los suyos. En esa breve caricia pude percibir el eco de la muerte. Fría como las estatuas que pueblan este lugar, la mano no reaccionó. Me arrodillé junto a ese objeto inerte que alguna vez había servido para agarrar la mano de alguna madre, lo cogí con fuerza y tiré de él. La sensación fue siniestra. Los infantes no pesan casi nada. Sus cuerpos todavía no están saturados de existencia como el de los adultos. Por eso es tan fácil que no arraiguen en este mundo. Pero en aquel caso la carencia de peso era sobrenatural. Al estirar, de la oscuridad surgió un antebrazo, después el brazo, pero no continuó apareciendo nada. El brazo había sido seccionado a la altura del hombro. A esas edades es difícil saber si pertenecía a un niño a una niña. Es ese tipo de dificultad que demuestra que la cuestión no es relevante. Esto pasó hace ya tiempo, y creo recordar que fue la última vez que pensé que podía encontrarme con un niño vivo en este lugar.

Hace dos noches, sin embargo, las cosas tomaron un rumbo inesperado. Estaba dando uno de mis paseos rutinarios por el parque cuando escuche una risa. Una risa que me produjo la sensación de alegría pero a la vez un profundo y frío sobrecogimiento, como si contuviese el mensaje de que toda alegría es pasajera como lo es la risa. Seguí mi camino. Algunas veces uno no sabe si ha oído o ha deseado oír. Últimamente esa clase de niños que vienen al parque andan en silencio, como perdidos, como si los residuos de sus conciencias vagasen por aquí buscando aquello que no pudieron encontrar en vida. Al final, uno echa de menos verlos jugar. Pero dos o tres árboles más adelante volví a escuchar algo, una especie de golpe en el suelo de gravilla, como si alguien se hubiese caído. Después escuché unos sollozos. Me dirigí a dónde se originaban los lamentos. Era una pequeña glorieta, un sitio un poco apartado de los senderos que recorren el parque por esa zona. Apoyado junto a una estatua había un niño vestido de colegial, con pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos. No parecía tener más de siete años. La tenue luz de la luna resaltaba la piel blanquecina de sus manos tapándose el rostro. Me acerqué a él.

-¿Eres un niño muerto?

- No…

- ¿Qué haces aquí entonces? No deberías estar aquí ¿Te has perdido?

- Sí… He perdido mi pelota.

Entonces comprendí.

- Hoy no te la podré dar, a lo mejor mañana.

Cogí al niño de la mano, confiadamente éste me acompañó. Pensé que no volvería a verlo. Pero me equivocaba. Ayer volvió a aparecer. No lo he visto casualmente, debo de confesar que he regresado al lugar donde ayer lo ví porque aquel encuentro me resultó, no sé, esperanzador. Acostumbrado a ver niños muertos me sentí de repente capaz de hacer algo, hacer que, al menos uno, encontrase lo que andaba buscando. Me quedé sentado a los pies de la estatua. Pasaron unos instantes de vacío y frío hasta que, de repente, un jolgorio apenas audible comenzó a venir hacia mi.

- Hoy estás contento.

- Sí.

- Pero sigues aquí.

- Sí.

- ¿Quieres que te devuelva la pelota? Te la doy y te saco de aquí.

- Nooooo, déjame quedarme hoy contigo.

- Está bien, pero solo un ratito.

Me ha acompañado mientras he estado cumpliendo con mis obligaciones. No es necesario que me extienda en ellas demasiado. Solamente diré que me encargo de revisar las cosas y de que estén en su sitio. Hemos ido adonde la rosaleda. Allí suele haber una niña, Ana, de cabello negro rizado y con unos grandes ojos azules, que llora porque ha perdido un zapato. Casi siempre lo acabo encontrando y cuando se lo pongo deja de llorar. Como suele pasar, Ana estaba de rodillas en la gravilla, buscando su zapato.

(Entre pucheros)

- ¿Qué te pasa, niña?

- ¿Dónde está mi zapato?

- ¿De qué color es tu zapato?

(Entre pucheros)

- Pues no sé, es igual que este.- Levanta la piernecita para que mire el otro zapato, pero no está.

- Ese pie no lleva zapato.

- ¡Es verdad! ¡me he equivocado! ¡es el otro!- Hoy el zapato extraviado era de color azul, eso es porque ha hecho un día soleado. Suele variar según el tiempo que hace, aunque a veces cambia según si entro por el lado norte o por el sur, o por el este o por el oeste.

Fue el niño quien lo encontró, Ana nos esperaba sentada en un banco, balanceando las piernas distraída. El niño me dio el zapato y se quedó de pie a cierta distancia de nosotros. Ana estiró la pierna izquierda dejando ver la rodillita magullada de buscar su zapato a gatas. Iba a colocar el zapato en ese pequeño pie cuando me detuve, y volviéndome hacia el niño, le ofrecí con un gesto disimulado el zapato de Ana. Pero él lo rechazó, negando enérgicamente con la cabeza. Así que se lo coloqué yo, haciéndola desaparecer por enésima vez este año.

Tras salir de la rosaleda, mi pequeña compañía y yo nos dirigimos a la fuente que hay junto al sauce llorón, más allá del estanque de los patos. No me he dado cuenta del detalle hasta ahora, mientras marcho hacia el parque una vez más, pero ayer, mientras caminábamos hacia la fuente, no era yo quién marchaba delante, tal y como ha sucedido en otros paseos con él, sino que yo era quien lo seguía. En esa fuente, las noches en las que la luna salía antes de ponerse el sol, un bebé caía de la tinaja que sostenía la estatua del centro, hundiéndose en el lecho verde de musgo. Los peces lo rodeaban y empezaban a comérselo, si yo no llegaba a tiempo para espantarlos. Me costó mucho tiempo darme cuenta de estos hechos, porque el bebé nunca lloraba, solo se oía el “esplash” que producía al caer en el agua.

Cuando llegamos acababa de hacer ese ruido, así que yo apreté el paso para llegar a tiempo, antes de que los peces lo devorasen. Pero el niño me detuvo.

- ¡No!

- ¡Hey!, suéltame, tengo que cumplir con mi trabajo.

- ¡No!

Lógicamente, me zafé fácilmente de su presa, pero entonces mis pies se hundieron en el suelo, que se había convertido en fango, llegándome éste hasta las rodillas. Hice toda la fuerza que pude pero no conseguí liberarme del suelo. Entonces la fuente comenzó como a derretirse, como la arcilla blanda diluida. El agua de la fuente, libre de su prisión, se extendió por todo alrededor, mojándome la entrepierna. El bebé, como si fuese un barquito de papel, resbaló por el suelo hasta llegar a los pies del niño, él no se había hundido en el barro. Se inclinó sobre el bebé, que seguía en silencio, deshaciéndose poco a poco hasta desparecer en el barro.

- Espera, ¿a dónde quieres ir ahora?

(Silencio)

-¿Quieres seguir acompañándome?

(Silencio)

- Verás, tengo que ir a ver a alguien importante para mí.

- Sí, pero ella no va a estar.

- Siempre está, niño.

- Esta noche no, quédate conmigo.

- No puedo, ella me espera.

- Esta noche no.

(Silencio)

Comencé a caminar sólo, pensando que había perdido la ocasión de volver a ver al niño viviente. No hacía absolutamente nada de viento. Los árboles habían enmudecido. El suelo era como de goma. Las nubes no dejaban ver el cielo, quietas, absorbiendo todo el sonido y reflejando la luz enfermiza de las farolas. Así es como supe anoche que algo no iba a suceder. Pero nunca había sucedido eso. Ella siempre había estado. Siempre había estado, de una forma u otra.

El niño se había equivocado. Sí que estaba. Allí, donde siempre. Sentada sobre el césped. Apoyada en el olivo solitario que hay a la salida oeste del parque.

- Hola.

- Hola, ¿qué quieres?

- Nada, sólo quería saludar.

- Estoy esperando a alguien.

- Lo sé.

- Es mi amigo, bueno, todavía no, pero algún día lo será.

- ¿Ah sí?

- Sí. Todavía no se ha decidido, pero le gusto. Algún día será él quien me espere a mí.

- Algún día. Pero hoy no.

- ¿No?

- No, ¿ vienes conmigo?

- ….

- Yo no voy a hacerte daño, hoy no.

- Bueno.

Como todas las noches, intenta levantarse, como todas las noches no lo consigue.

- No puedo levantarme, tengo las piernas dormidas… Y mi falda… Esta mojada, ¡sangre!. DAMELAMANOPORFAVOR, ayúdame a levantarme.

- No necesitas levantarte.

Me senté junto a ella y la abracé, al final el niño viviente estaba en lo cierto, ayer por la noche algo fue distinto, ella no desapareció. El abrazo fue largo y doloroso, y yo lloré como hacía mucho que no lo había hecho.

A grandes rasgos, esto ha sido lo que he vivido estas dos últimas noches. La noche de hoy me espera agazapada entre los últimos rayos de sol, cuando el parque, ya cerrado, empieza a musitar las notas del silencio. Ya empiezo a verlos, como sombras que se ven por el rabillo del ojo, entre aquellos pinos. Tras el roble aquel. Entre los setos de aquel laberinto. Paseo tranquilo, seguro de que mis pensamientos no son escuchados por nadie. No dejo de pensar que el niño vivo volverá a aparecer, y para entonces estaré preparado. Mientras me voy acercando distraídamente al lugar donde, los viernes, suelo encontrarme con el padre y el hijo. El hijo sentado en el banco, disfrazado de fantasma, el padre a unos pocos metros de distancia, disfrazado de colegial. Siempre igual, siempre lo mismo. El niño fantasma parece cansado y aburrido, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada sobre sus pequeños puños cerrados. Atado al banco un globo de helio verde, suspendido justo sobre su cabeza. El padre colegial está jugando con una pelota, aun en la oscuridad se le pueden distinguir esas pequitas pintadas sobre sus mejillas. Pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos.

No siempre actúo igual. Algunas veces me pongo a jugar con el padre a la pelota, él la tira y yo las paro entre una portería improvisada entre dos abetos. En otras ocasiones me siento junto al pequeño fantasma y me pongo a hablar con él, para ver si se anima un poco. Hoy no tengo ganas de hacer nada de eso. Ni siquiera tengo ganas de cumplir con mi tarea. Me quedo a cierta distancia de ellos. Observándolos. Es como si los tres estuviésemos en el fondo del mar. Todo es pesado. El aire se queda en el pecho, hinchando los pulmones sin querer salir.

- ¿No vas a hacer nada?- me pregunta una vocecita familiar. El niño viviente está justo detrás mío, yo ya había notado su presencia.

- No, hoy no.

- ¿Por qué?

- Imagino que porque quiero verlo otra vez.

- ¿Por qué?

- No lo sé… Quizás porque quiero que tú lo veas.

- Pero yo no quiero verlo.

- Estás aquí, deseas verlo.

- ¡No!

Pero no hace nada. Se queda ahí de pie. Quieto, como si se hubiese cruzado con una gran bestia salvaje. Y entonces sucede. Primero solamente se oye el crujir de un rama. Yo ya ni miro en la dirección del ruido. Pero el niño tiene la mirada fija en esa masa informe que se ha formado entre las sombras de la vegetación del vergel que hay junto al muro. Un olor fuerte invade la atmósfera. El suelo vibra con las pisadas de la bestia. Es un gran oso pardo, con las fauces abiertas, moviendo su horrible y gigantesco cuerpo con la lentitud previa a la violencia. El niño fantasma se vuelve en dirección a la bestia y a continuación corre asustado hacia su padre, dejándose el globo atado al banco.

- ¡No dejes que lo haga!- me llora el niño viviente.- ¡Por favor! ¡No dejes que lo haga!

El niño fantasma se agarra de la pierna de su padre. El oso se acerca al banco y se yergue sobre sus patas traseras. Con una de sus zarpas agarra el globo, arrancándolo de su amarre. El oso, como todos los viernes, me mira y una lágrima cae de por sus mejilla.

El niño fantasma mira hacia arriba, hasta encontrar los ojos de su padre, que no está mirando al oso, sino a él. El oso suelta el globo, elevándose este hasta perderse de vista. El niño fantasma ha perdido su disfraz. Yace en el suelo, con el cuello roto. Junto a él, de rodillas, su padre, disfrazado aun de colegial. Todo ha terminado.

- ¿Tienes ya lo que buscabas?

- ¿Es así como pasará?

- Más o menos.

- No podré hacer nada por evitarlo.

- Está aquí, eso significa algo, pero no que no lo puedas evitar.

- Bien, adiós.

El niño vestido de colegial comienza a andar, alejándose de mí. Pero se detiene:

- ¿Puedo llevarme la pelota?

- Claro, es tuya, llévatela.