Cuento: La presa IV

Junio 5, 2008

no sé si me equivoqué al seguir con aquel viejo tanto tiempo. te mandan buscar una cosa. descubrirla. llama a esa cosa verdad. encuentras algo. te sientes como delante de una revelación, un apocalipsis como decían antes, eso es con lo que te quedas. bueno, eso es con lo que me quedo yo. luego vas a quien te paga. a comunicarle esa revelación. algunas veces te pagan, nunca te lo agradecen. me da igual, que no me lo agradezcan, claro. pero me cabrea mucho que no me paguen.

cuando fui a casa de la mujer a ponerle al día de mis pesquisas iba preparado para lo que me venía encima. iba preparado en todos los sentidos. le conté lo que me dijo el viejo.

- ¡Mi amiga me dijo que era un buen detective, no un pirado que se cree lo que le dice cualquier vagabundo!

- lo que me dijo el viejo tenía mucho sentido, señora.

- ¡A MI QUE ME IMPORTA EL SENTIDO! ¡YO QUIERO QUE DESCUBRA SI MI MARIDO TIENE UN LIO!

- Claro, usted quiere pruebas, fotos ¡PUES TENDRÁ ESAS PUTAS PRUEBAS!

- Gracias ¡Para eso le pago!

me largué de la casa escopetado. tendrá fotos. no me será difícil, pensé. solo un par de conversaciones. un poco de inventiva. será sencillo.

- Hola, Sorco.

Miranda, como era habitual en ella, ocupaba un asiento solitario tras un pequeña mesa en la esquina del bar Sorolla. el tamaño del rincón era minúsculo, como la mesa. cualquiera que se acercaba a Miranda para sentarse tenía la intensa sensación de estar entrando en la guarida de una tarántula. las volutas del humo de su cigarro se espesaban a su alrededor como la seda de una gran telaraña.

- Qué quieres tomar, Miranda.

- Tu aliento, cariño, pero de momento me servirá con un sol y sombra.

- ¡Dos sol y sombra, por favor!

- Ya ves, fuiste tú quien me viciaste a ello y aún no lo he podido dejar, y me refiero al sol y sombra.

- Hablas como un personaje de una pleicula mala.

- Es que vemos demasiadas peliculas malas.

- Ya, bueno… no todos.

- Pero sí nosotros ¿verdad? ¿a qué se debe tu visita a mi despacho?

- Verás, necesito que me prestes a alguna amiga tuya.

- ¿Qué te sientes solo?

- Estoy solo, pero no es para mí. Es para un amigo.

- ¿Y cómo es tu amigo? ¿Un bala perdida que necesita dar en alguna presa? ¿O una bala que necesita perderse?

- Una bala que necesita perderse.

- Entonces no creo que ni tú ni yo podamos escogerle la chica. Ya se nos olvidó qué le hace a uno perderse.

- Bueno, déjame intentarlo, quizás aun sepa verlo.

- Ja ja ja. Será mejor que pidas ayuda.

 

pedir ayuda… seguimos hablando mucho rato. como siempre, hablar con Miranda es fácil para mí. no sé decir por qué. sencillamente siempre he salido ileso de su compañía. cuando ibamos por el cuarto sol y sombra lo supe. supe que la única persona que podía ayudarme era el viejo. él la vió. él sabía como era la señora de azul. tenía que presentarle a las amigas de Miranda.

esa misma noche fui a su casa. se lo expliqué. bueno, no lo que pensaba hacer, sino que necesitaba que viese a unas chicas y me dijese quién se parecía más a la mujer de azul. no me costó nada en absoluto convencerle. no sé si porque quería refrescar la memoria o su líbido, se mostró absolutamente dispuesto a acompañarme a la casa de Miranda.

Miranda, como yo, llevaba un negocio pero, como yo, era una especie de perversión de la profesión. ella no regentaba un burdel. habitualmente estas cosas tratan de sexo, quiero decir, consisten en sexo. Miranda no comerciaba con sexo. estaba convencida de que eso no era lo que se buscaba realmente, y ella quería dar lo que realmente se buscaba. lo malo es que para ella, y para mí, siempre ha sido muy complicado entender qué era exactamente lo que se buscaba, así que para facilitar que el cliente lo encontrase, lo único que podía hacer era prohibir que hubiese ninguna forma de sexo. el cliente podía limitarse a sentarse junto a la chica, podía hablar, pasar un rato con ella, practicar algun tipo de distracción. pero siempre sin ninguna forma sexo. de esta forma “allanaba el camino”. es cierto que a veces se daba que había sexo, pero en muy contadas ocasiones, y eso eran gajes del oficio. era como un reflejo invertido de lo que suele ocurrir en los burdeles, a veces, en muy contadas ocasiones, no hay sexo. pues en casa de Miranda era justo al revés. todo esto tuve que explicarselo al viejo mientras íbamos de camino, no quería que hubiese ningún mal entendido. 


Cuento: La presa III

Junio 2, 2008

por lo demás, equivocarse de creencia sólamente tiene el riesgo de llevarte a cometer algún otro error. para la gente que no tiene miedo las equivocaciones no tienen importancia, porque lo único malo de una equicación es el peligro que hay de consecuencias indeseables. en fin, yo pertenezco al segundo grupo. me aterra equivocarme, me aterran los errores, me aterra el sufrimiento. ser un observador tiene esa ventaja. parece como que estas a salvo. pero en aquel momento, cuando aquel viejo me dijo eso, las opciones que se abrieron ante mi consistían, en resumidas cuentas, en equivocarme o no. creer en lo increible es equivocarse, y esto es así casi por definición. pero el problema que tienen las definiciones es que en el mismo instante en que las metes en un razonamiento te haces esclavo de ellas porque, en esta situación ¿que era lo increible? podría decirse que lo increible era lo que el viejo había dicho. pero lo cierto es que también era increible que alguien pudiese decir algo así sin que esto tuviese algún significado, aunque éste no fuese exactamente el que el viejo quería darle, o no. no lo sabía. a mí en esos momentos me pareció mucho más increible que esto lo estuviese diciendo un loco, y que eso que estuviese diciendo fuese absolutamente inútil. así que continué la conversación. y la conversación me llevó a abandonar la vigilancia. y cuando quise darme cuenta estabamos solos en el parque y había anochecido y el guarda se acercó a nosotros para pedirnos que saliesemos de allí.

el viejo era muy lúcido expresándose. cuando le pregunté si era una especie de viajero en el tiempo me miró con una cara muy parecida (creo) a la que puse yo cuando él me dijo que era el niño aquel al que yo observaba. ignorando la pregunta me relató que hacía mucho tiempo que había olvidado aquel acontecimiento de su vida. muchas cosas le habían pasado desde entonces. el tipo debía de tener unos setenta años o así. me habló de que había vivido una guerra, una dictadura, un matrimonio. que había sobrevivido a las horas. a cada hora. a su mujer, a sus hijos. me dijo que cuando se sobrevive a todo solo queda esta última palabra. y al final solamente la palabra. y después olvidas. lo de su madre, su padre y la señora de azul le pasó casi justo antes de la guerra. cuando todo parecía que iba a ser, según los mayores de aquellos días, un mundo mejor. iba con su padre a este parque a jugar. los recuerdos, y en eso le creí absolutamente, son a esas edades en blanco y negro. el blanco y negro es real, es dramático, expresa lo que hay. el color es fantástico, fictício. el recuerdaba aquel parque en blanco y negro. a su padre con las ropas de la época. a sí mismo con unos zapatos de piel incómodos. pero la señora de azul, la primera vez que la vio era como de otra época. era, puntualizó, no de esa época. más o menos en este punto fue cuando nos levantamos del banco y me invitó a su casa. no vivía muy lejos de allí. yo le escuchaba en silencio, como si estuviese oyendome hablar a mí mismo. cuando las cosas adquieren tanto sentido uno no sabe distiguir entre estar solo o estar con alguien. por eso creo buscamos con tanta ansia producir esos momentos,sirve para huir de la soledad y sirve para huir del otro. te quedas justo a mitad. y no está en ninguna parte.

por esta razón, cuando entré en la casa, tenía la extraña sensación de estar en un lugar al que estoy destinado y a la vez de un lugar en el que ya estuve una vez. algo muy parecido a lo que uno siente cuando regresa a su hogar. pero fue algo en lo que no me paré a pensar más que dos segundos. el viejo seguía hablando. un día le dijo a su madre lo de la señora de azul. para él, como para cualquier niño, no era más que un comentario que se hace sobre tu mundo. los niños piensan que su mundo es un mundo a parte. que se puede relatar. sin consecuencias. a la mamá se lo conté porque para mí no era más que contarle algo sobre mi mundo, porque uno siempre piensa con esa edad que a tu madre se lo debes contar todo. es como si con palabras quisieses mantener el vínculo que se pierde desde el mismo momento en el que naces. al día siguiente, yo jugaba con mi padre en el parque. esta mañana, cuando caminaba hacia el parque, he recordado aquel día casi con exactitud. no es que esperase volver a verla, pero mientras jugaba me venía a la mente la imgen de ella acercandose con ese vesitido azul, destacando en el blanco y negro de la memoria. y fantaseaba con que se pusiese a jugar un poco conmigo, como el día anterior. y que me atusase el pelo. y me dijera cosas amables. un par de veces miré a mi alrededor. cada vez había menos gente. mi padre había dejado de leer el periódico y miraba a su alrededor también, como si la estuviese esperando. un señor estaba sentado en otro banco. un poco más alejado. me miraba. estuve a punto de acercarme a él. me resultaba familiar. pero no recuerdo por qué. solamente sé que cuando me levanté para acercarme a él un señor mayor se sentó a su lado y le dijo algo que hizo que dejase de mirarme. tras aquel día las cosas empezaron a ser distintas. ya no fuí más al parque. mi madre comenzó a jugar conmigo en lugar de mi padre. y a atusarme el pelo. al final llegué a pensar que la señora de azul había sido ella y todo había sido una mala jugada de la memoria. pero esta mañana me he despertado con la mente absolutamente centrada en aquel día. como cuando algo te obsesiona, algo falta, y no sabes qué. por eso había decidido ir.

- Entonces cree que la situación se ha repetido. Como en una especie de reencarnación.

- No, idiota, no puede haber reencarnación sin muerte. Y yo no estoy muerto. Lo que pienso es que no ha pasado el tiempo. Que no hay tiempo.

- Ya, bueno. Se me hace tarde.

- Espere, no se vaya. Tiene que decirme, si usted era aquel señor que estaba en el banco. ¿Que hacía allí?

- La mujer de aquel tio me ha contratado. El niño le dijo que una señora de azul se reunía con su papá en el parque. Quería comprobarlo.

- ¿Y es cierto? Lo de la mujer ¿Es cierto?

- No lo sé ¿Recuerda? Me he ido con usted.

- Pero… dígame, aquella vez, cuando yo niño ¿qué le dijo aquel hombre mayor que se sentó con usted?

- Que no existe el tiempo, así que no fdebería intentar perderlo. 

 

(Continuará)


Cuento: La presa II

Mayo 23, 2008

somos demasiados. soy consciente de que mi existencia está rodeada y penetrada por la sobreabundancia. por el exceso. salir de casa de una mujer desconocida al alba es un sintoma de exceso. como si el vestíbulo de la finca fuese un tunel de lavado, al atravesarlo he perdido cada segundo de esta noche. hacer todo por hacer sin nada que hacer. acumular esto ha sido fácil. es tan fácil. es difícil sustraer. llevarse algo del bulto. vaciar las cosas. lo intento. cada día es una nueva lucha contra la abundancia. una vez leí una novela. se llamaba la insoportable carencia del ser, o algo así. cuando la terminé pensé que había puesto un título que no correspondía con la historia. a menos que el título fuese irónico. es insoportable el exceso de ser. la gente me hace encargos. me dicen: “sigue a esta persona, a ver qué descubres”. nunca he regresado a mi contratador con las manos vacías. hay un telón tras la obra. un telón que es un lienzo. lleno de figuras, de representaciones que saturan a la obra. alguien me dice: “hay algo más, seguro, mira tras el lienzo, estoy seguro que hay algo más”. de algo hay que comer. ¡claro que hay algo más! pero no les digo eso. me muestro solícito y a la vez inseguro. dejo que quien requiere mis servicios crea que lleva la iniciativa. le digo: “¿está seguro/a?, a veces son sinples imaginaciones; nunca volverá a verlo/la igual después de esto, usted dudó y eso no se olvida”. nadie, nunca, nada les ha hecho echarse atrás. y yo soy ese nadie nunca nada. y yo sé que algo voy a descubrir. y entonces me pagan. y después yo tengo que darme un descanso, porque acabo asqueado. no de lo que descubro. eso que siempre ha recibido el nombre de “trapos sucios” no me afecta. los trapos sucios es la ropa de diario que todos llevamos. no. lo que me afecta es el mero hecho de que me interesa lo que la gente aparentemente es y lo que la gente es y lo que la gente al ser acaba siendo y lo que eso llega a ser. y toda esta cadena de ser se nos acumula como cuando nos ponemos entre dos espejos y nuestras imágenes se multiplican en el infinito. solo que no son imágenes. solo que no somos nosotros. solo que no hay espejos.

 un día estaba sentado en el parque. no este de ahora. otro. vigilaba a un padre. por lo visto el niño un día le había dicho a mamá que la señora de azul le había dicho que algún día el sería más guapo que su papá. la mujer vino a mí interesada por saber quién era esa señora de azul. el día era de esos calurosos que hacen que la sangre se espese en la frente. yo miraba.

el padre estaba en un banco cercano al parque de juegos. el niño andaba con otra niña. moviendose de esa forma incomprensible que se mueven los niños. yo observaba al padre sobre todo. ella iría primero a saludar a su amante, obviamente las cosas son así. entonces se sentó a mi lado un hombre, muy muy viejo, saludandome casí con un susurro.

             - ¿lo está leyendo?-, me dijo señalando a un periódico que había a mi izquierda.

             - no.

Tras cogerlo le dio un rápido vistazo y volvió a dejarlo en su lugar con cierto desdén diciendo:

             -hoy en día las noticias no existen.

             -así es.

             -a veces pienso que deberíamos inventarlas. que algo pase realmente.

             -bueno, eso es lo que hoy en día se hace.

             -no, no me refiero a ficciones ¡me refiero a hacer cosas nuevas!

             -ya. disculpeme.- me levanté, me estaba distrayendo, no quería que se me escapasen las presas. siempre intento finiquitar estos encargos lo antes posible.

             -¡espere!

             -¿qué quiere?

             -¿busca a la señora de azul?

             -eso es un frase de niño.

             -yo soy ese niño. - levantó su mano huesuda y acartonada señalando al niño que yo había estado vigilando.- hoy no vendrá… hoy no vino.

 

vale. ante enuciados como este tienes cuatro opciones: te lo crees, no te lo crees, no te lo crees pero te gustaría creerlo o lo crees pero te gustaría no creerlo. confieso que me muevo entre las dos últimas.

(Continuará…)


Cuento: la presa

Mayo 14, 2008

cuando el sol luce las esquinas brillan como cantos afilados. uno no puede sencillamente apoyarse en ellas y ver qué cosas pasan. las cosas te arrastran, caminando con esa prisa que se tiene cuando se anda a ciegas. se trata de intentar buscar otro lugar. un lugar en el que no parezca que esperas algo. no se debería elegir el trabajo tan a la ligera.

tomas unas cuantas decisiones. en esencia una. la tomas determinado por algún motivo. claro, también están las otras. pero esas no cuentan. aquellas que sigues sin motivo alguno son mucho más fáciles de asumir. las decisiones que se toman por cuestión de azar llevan a consecuencias con el dulce regusto de no ser tú el responsable de ellas. el azar. los dioses. los demás. pero no es lo mismo que estas decisiones. las que un día tomaste porque juzgaste, sea por la razón que sea, son como todas, origen de tu presente. pero en ese origen has participado. solo que tu yo presente no es capaz de entender que el vínculo. es decir. es como que no te reconoces a tí mismo, el tí mismo que eres, en el tí mísmo que eligió aquel día.

de hecho, la única manera de hacerte cargo, de asumir con sumisión, que lo que haces ahora es producto de tí mismo es gracias a la memoria.

creo que me gustaría tener mala memoria. hoy, al menos, que luce el sol sí. hoy me gustaría mirarme a mí mismo aquí, esperando al sol, a que aparezca mi presa, y que me sucediese lo mismo que al personaje de “Memento”, no recordar qué he venido ha hacer aquí. mirarme, mirarlo todo. no reconocerlo, no reconocerme. recrear mi relación con el instante presente. porque sí, hace sol. las cosas pasean con sus bolsas, sus bolsos, sus carteras. cargando compras, documentos y más cosas. cosas cargando cosas. moviendose de un lugar a otro como llevadas por cintas trasportadoras invisibles. yo quiero mirarlas y, desmemoriado, aceptar la evidencia de que no son cosas sino personas. aceptar la evidencia de que, en realidad, no hay cintas transportadoras. agitar los brazos. llamar la atención. soy un naufrago. rescatadme. estoy solo. y luce el sol. y debemos calentarnos en él. y tocarnos. acercarnos.

pero recuerdo muy bien qué he venido a hacer aquí. esa es la realidad. ésta al menos. y como así están las cosas dispuestas me tomo un respiro. la presa aún tardará. entro en un bar.

 las cosas hablan. quiero decir, las cosas que pueden hacerlo lo hacen. en la mesa de al lado. en aquella de enfrente. la que está detrás de mí. las cosas hablan. yo saco mi libreta. me pongo a escribir. por un momento levanto la mirada y ésta cae justo sobre la de otra. un mirada en la barra. las cosas no suelen mirar. al menos no a mí. no creo que sea algo que uno deba dejar correr así como así. eso es lo que pienso mientras vuelo a mi tarea y lo dejo correr así como así. seguro que piensan que soy escritor o algo parecido. aquí solo en un bar. con mi libreta. escribiendo. no. yo también soy una cosa. estoy trabajando. las cosas de mi derecha bromenan entre sí. oigo la expresión “vestido de cola”. qué más me da. al menos me da igual en el instante en el que lo oigo. para mi sorpresa la presa entra en el bar y se sienta en la mesa del vestido de cola y del viaje. de lo que hicimos este fin de semana. de lo que nos gastaremos y nos gastamos. de que estoy ocupada y de los zapatos que me hacen daño.

la boda está siendo muy difícil de organizar.  

me levanto con prisas. no es conveniente que uno permanezca tan cerca de su presa. las cosas creen que no se dan cuenta de las cosas. pero eso no es verdad. todos nos damos cuenta de todo. otra cosa es que lo valoremos en su justa medida. a eso se le llama distracción. yo nunca he sido alguien distraido. ahora que lo pienso, la distracción y el olvido son mis objetos de deseo. pero me dan tanto miedo. sí, creo que es miedo. miedo a deshacerme en el seno de la distracción, a desaparecer en la profundidad del olvido.

al acercarme a la barra para pagar, la mirada vuelve a hacer acto de presencia.

          - Hola.

          - Hola.

          - ¿Eres escritor?

          - No, soy detective.

          - Ah, eres escritor frustrado.

          - Hay más escritores que son detectives frustrados que lo contrario.

          - Y qué, ¿tomándote un descanso?

si hay algún consejo paterno que nunca he olvidado es aquel que decía: “quien mucho quiera saber, mentiras con él”.

          - Sí, así es.

          - Bien ¿puedo ser yo parte de ese descanso?

una mirada como esa nunca es garantía de descanso. pero siempre será un promesa de vida, y yo necesito altas dosis de eso. y yo no me estoy tomando un descanso.

          - Claro.

 

(Continuará…)

 

 

 


CUENTO: el niño viviente

Mayo 3, 2008

(este relato fue pensado en un principio como colaboración con Anadelia N. F., las ilustraciones son suyas)

No suelo ver niños vivos en este parque. Sé que es posible que estén en alguno de los muchos escondites secretos que hay por este lugar. Una noche me ocurrió que, caminando por un paseo de la zona oeste, observé cómo de una oquedad que formaban tres grandes setos surgía una manita, con la palma abierta hacia arriba, como si estuviese pidiendo algo, como si la criatura a la que pertenecía estuviese pidiendo que la sacasen de ese agujero. Me acerqué, aplastando con mis pasos la hierba húmeda como cabellos mojados por la niebla. Pregunté primero si se encontraba bien, pero no recibí respuesta alguna. Las sombras me impedían ver el resto del cuerpo. Aproximé las yemas de mis dedos hasta rozar suavemente las puntas de los suyos. En esa breve caricia pude percibir el eco de la muerte. Fría como las estatuas que pueblan este lugar, la mano no reaccionó.

 

 

 

Me arrodillé junto a ese objeto inerte que alguna vez había servido para agarrar la mano de alguna madre, lo cogí con fuerza y tiré de él. La sensación fue siniestra. Los infantes no pesan casi nada. Sus cuerpos todavía no están saturados de existencia como el de los adultos. Por eso es tan fácil que no arraiguen en este mundo. Pero en aquel caso la carencia de peso era sobrenatural. Al estirar, de la oscuridad surgió un antebrazo, después el brazo, pero no continuó apareciendo nada. El brazo había sido seccionado a la altura del hombro. A esas edades es difícil saber si pertenecía a un niño a una niña. Es ese tipo de dificultad que demuestra que la cuestión no es relevante. Esto pasó hace ya tiempo, y creo recordar que fue la última vez que pensé que podía encontrarme con un niño vivo en este lugar.

Hace dos noches, sin embargo, las cosas tomaron un rumbo inesperado. Estaba dando uno de mis paseos rutinarios por el parque cuando escuche una risa. Una risa que me produjo la sensación de alegría pero a la vez un profundo y frío sobrecogimiento, como si contuviese el mensaje de que toda alegría es pasajera como lo es la risa. Seguí mi camino. Algunas veces uno no sabe si ha oído o ha deseado oír. Últimamente esa clase de niños que vienen al parque andan en silencio, como perdidos, como si los residuos de sus conciencias vagasen por aquí buscando aquello que no pudieron encontrar en vida. Al final, uno echa de menos verlos jugar. Pero dos o tres árboles más adelante volví a escuchar algo, una especie de golpe en el suelo de gravilla, como si alguien se hubiese caído. Después escuché unos sollozos. Me dirigí a dónde se originaban los lamentos. Era una pequeña glorieta, un sitio un poco apartado de los senderos que recorren el parque por esa zona. Apoyado junto a una estatua había un niño vestido de colegial, con pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos. No parecía tener más de siete años. La tenue luz de la luna resaltaba la piel blanquecina de sus manos tapándose el rostro. Me acerqué a él.

-¿Eres un niño muerto?

- No…

- ¿Qué haces aquí entonces? No deberías estar aquí ¿Te has perdido?

- Sí… He perdido mi pelota.

Entonces comprendí.

- Hoy no te la podré dar, a lo mejor mañana.

Cogí al niño de la mano, confiadamente éste me acompañó. Pensé que no volvería a verlo. Pero me equivocaba. Ayer volvió a aparecer. No lo he visto casualmente, debo de confesar que he regresado al lugar donde ayer lo ví porque aquel encuentro me resultó, no sé, esperanzador. Acostumbrado a ver niños muertos me sentí de repente capaz de hacer algo, hacer que, al menos uno, encontrase lo que andaba buscando. Me quedé sentado a los pies de la estatua. Pasaron unos instantes de vacío y frío hasta que, de repente, un jolgorio apenas audible comenzó a venir hacia mi.

- Hoy estás contento.

- Sí.

- Pero sigues aquí.

- Sí.

- ¿Quieres que te devuelva la pelota? Te la doy y te saco de aquí.

- Nooooo, déjame quedarme hoy contigo.

- Está bien, pero solo un ratito.

Me ha acompañado mientras he estado cumpliendo con mis obligaciones. No es necesario que me extienda en ellas demasiado. Solamente diré que me encargo de revisar las cosas y de que estén en su sitio. Hemos ido adonde la rosaleda. Allí suele haber una niña, Ana, de cabello negro rizado y con unos grandes ojos azules, que llora porque ha perdido un zapato. Casi siempre lo acabo encontrando y cuando se lo pongo deja de llorar. Como suele pasar, Ana estaba de rodillas en la gravilla, buscando su zapato.

(Entre pucheros)

- ¿Qué te pasa, niña?

- ¿Dónde está mi zapato?

- ¿De qué color es tu zapato?

(Entre pucheros)

 

 

- Pues no sé, es igual que este.- Levanta la piernecita para que mire el otro zapato, pero no está.

- Ese pie no lleva zapato.

- ¡Es verdad! ¡me he equivocado! ¡es el otro!- Hoy el zapato extraviado era de color azul, eso es porque ha hecho un día soleado. Suele variar según el tiempo que hace, aunque a veces cambia según si entro por el lado norte o por el sur, o por el este o por el oeste.

Fue el niño quien lo encontró, Ana nos esperaba sentada en un banco, balanceando las piernas distraída. El niño me dio el zapato y se quedó de pie a cierta distancia de nosotros. Ana estiró la pierna izquierda dejando ver la rodillita magullada de buscar su zapato a gatas. Iba a colocar el zapato en ese pequeño pie cuando me detuve, y volviéndome hacia el niño, le ofrecí con un gesto disimulado el zapato de Ana. Pero él lo rechazó, negando enérgicamente con la cabeza. Así que se lo coloqué yo, haciéndola desaparecer por enésima vez este año.

 

 

Tras salir de la rosaleda, mi pequeña compañía y yo nos dirigimos a la fuente que hay junto al sauce llorón, más allá del estanque de los patos. No me he dado cuenta del detalle hasta ahora, mientras marcho hacia el parque una vez más, pero ayer, mientras caminábamos hacia la fuente, no era yo quién marchaba delante, tal y como ha sucedido en otros paseos con él, sino que yo era quien lo seguía. En esa fuente, las noches en las que la luna salía antes de ponerse el sol, un bebé caía de la tinaja que sostenía la estatua del centro, hundiéndose en el lecho verde de musgo.

 

Los peces lo rodeaban y empezaban a comérselo, si yo no llegaba a tiempo para espantarlos. Me costó mucho tiempo darme cuenta de estos hechos, porque el bebé nunca lloraba, solo se oía el “esplash” que producía al caer en el agua.

 

 

Cuando llegamos acababa de hacer ese ruido, así que yo apreté el paso para llegar a tiempo, antes de que los peces lo devorasen. Pero el niño me detuvo.

- ¡No!

- ¡Hey!, suéltame, tengo que cumplir con mi trabajo.

- ¡No!

Lógicamente, me zafé fácilmente de su presa, pero entonces mis pies se hundieron en el suelo, que se había convertido en fango, llegándome éste hasta las rodillas. Hice toda la fuerza que pude pero no conseguí liberarme del suelo. Entonces la fuente comenzó como a derretirse, como la arcilla blanda diluida. El agua de la fuente, libre de su prisión, se extendió por todo alrededor, mojándome la entrepierna. El bebé, como si fuese un barquito de papel, resbaló por el suelo hasta llegar a los pies del niño, él no se había hundido en el barro. Se inclinó sobre el bebé, que seguía en silencio, deshaciéndose poco a poco hasta desparecer en el barro.

- Espera, ¿a dónde quieres ir ahora?

(Silencio)

-¿Quieres seguir acompañándome?

(Silencio)

- Verás, tengo que ir a ver a alguien importante para mí.

- Sí, pero ella no va a estar.

- Siempre está, niño.

- Esta noche no, quédate conmigo.

- No puedo, ella me espera.

- Esta noche no.

(Silencio)

Comencé a caminar sólo, pensando que había perdido la ocasión de volver a ver al niño viviente. No hacía absolutamente nada de viento. Los árboles habían enmudecido. El suelo era como de goma. Las nubes no dejaban ver el cielo, quietas, absorbiendo todo el sonido y reflejando la luz enfermiza de las farolas. Así es como supe anoche que algo no iba a suceder. Pero nunca había sucedido eso. Ella siempre había estado. Siempre había estado, de una forma u otra.

El niño se había equivocado. Sí que estaba. Allí, donde siempre. Sentada sobre el césped. Apoyada en el olivo solitario que hay a la salida oeste del parque.

- Hola.

- Hola, ¿qué quieres?

- Nada, sólo quería saludar.

- Estoy esperando a alguien.

- Lo sé.

- Es mi amigo, bueno, todavía no, pero algún día lo será.

- ¿Ah sí?

- Sí. Todavía no se ha decidido, pero le gusto. Algún día será él quien me espere a mí.

- Algún día. Pero hoy no.

- ¿No?

- No, ¿ vienes conmigo?

- ….

- Yo no voy a hacerte daño, hoy no.

- Bueno.

Como todas las noches, intenta levantarse, como todas las noches no lo consigue.

 

- No puedo levantarme, tengo las piernas dormidas… Y mi falda… Esta mojada, ¡sangre!. DAMELAMANOPORFAVOR, ayúdame a levantarme.

- No necesitas levantarte.

Me senté junto a ella y la abracé, al final el niño viviente estaba en lo cierto, ayer por la noche algo fue distinto, ella no desapareció. El abrazo fue largo y doloroso, y yo lloré como hacía mucho que no lo había hecho.

A grandes rasgos, esto ha sido lo que he vivido estas dos últimas noches. La noche de hoy me espera agazapada entre los últimos rayos de sol, cuando el parque, ya cerrado, empieza a musitar las notas del silencio. Ya empiezo a verlos, como sombras que se ven por el rabillo del ojo, entre aquellos pinos. Tras el roble aquel. Entre los setos de aquel laberinto. Paseo tranquilo, seguro de que mis pensamientos no son escuchados por nadie. No dejo de pensar que el niño vivo volverá a aparecer, y para entonces estaré preparado. Mientras me voy acercando distraídamente al lugar donde, los viernes, suelo encontrarme con el padre y el hijo. El hijo sentado en el banco, disfrazado de fantasma, el padre a unos pocos metros de distancia, disfrazado de colegial. Siempre igual, siempre lo mismo. El niño fantasma parece cansado y aburrido, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada sobre sus pequeños puños cerrados. Atado al banco un globo de helio verde, suspendido justo sobre su cabeza. El padre colegial está jugando con una pelota, aun en la oscuridad se le pueden distinguir esas pequitas pintadas sobre sus mejillas. Pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos.

No siempre actúo igual. Algunas veces me pongo a jugar con el padre a la pelota, él la tira y yo las paro entre una portería improvisada entre dos abetos. En otras ocasiones me siento junto al pequeño fantasma y me pongo a hablar con él, para ver si se anima un poco. Hoy no tengo ganas de hacer nada de eso. Ni siquiera tengo ganas de cumplir con mi tarea. Me quedo a cierta distancia de ellos. Observándolos. Es como si los tres estuviésemos en el fondo del mar. Todo es pesado. El aire se queda en el pecho, hinchando los pulmones sin querer salir.

- ¿No vas a hacer nada?- me pregunta una vocecita familiar. El niño viviente está justo detrás mío, yo ya había notado su presencia.

- No, hoy no.

- ¿Por qué?

- Imagino que porque quiero verlo otra vez.

- ¿Por qué?

- No lo sé… Quizás porque quiero que tú lo veas.

- Pero yo no quiero verlo.

- Estás aquí, deseas verlo.

- ¡No!

Pero no hace nada. Se queda ahí de pie. Quieto, como si se hubiese cruzado con una gran bestia salvaje. Y entonces sucede. Primero solamente se oye el crujir de un rama. Yo ya ni miro en la dirección del ruido. Pero el niño tiene la mirada fija en esa masa informe que se ha formado entre las sombras de la vegetación del vergel que hay junto al muro. Un olor fuerte invade la atmósfera. El suelo vibra con las pisadas de la bestia. Es un gran oso pardo, con las fauces abiertas, moviendo su horrible y gigantesco cuerpo con la lentitud previa a la violencia. El niño fantasma se vuelve en dirección a la bestia y a continuación corre asustado hacia su padre, dejándose el globo atado al banco.

 

 

- ¡No dejes que lo haga!- me llora el niño viviente.- ¡Por favor! ¡No dejes que lo haga!

El niño fantasma se agarra de la pierna de su padre. El oso se acerca al banco y se yergue sobre sus patas traseras. Con una de sus zarpas agarra el globo, arrancándolo de su amarre. El oso, como todos los viernes, me mira y una lágrima cae de por sus mejilla.

El niño fantasma mira hacia arriba, hasta encontrar los ojos de su padre, que no está mirando al oso, sino a él. El oso suelta el globo, elevándose este hasta perderse de vista. El niño fantasma ha perdido su disfraz. Yace en el suelo, con el cuello roto. Junto a él, de rodillas, su padre, disfrazado aun de colegial. Todo ha terminado.

- ¿Tienes ya lo que buscabas?

- ¿Es así como pasará?

- Más o menos.

- No podré hacer nada por evitarlo.

- Está aquí, eso significa algo, pero no que no lo puedas evitar.

- Bien, adiós.

El niño vestido de colegial comienza a andar, alejándose de mí. Pero se detiene:

- ¿Puedo llevarme la pelota?

- Claro, es tuya, llévatela.

 

 


Cuento: DE PASO

Abril 20, 2008

en la ventana no hay nada. abierta. desde la ventana la calle. desde la calle yo. yo junto a la ventana. no le queda mucho a este cigarro. no le queda mucho al día. debería moverme. juntar todas las opciones que tengo en la palma de mi mano. no se me da bien tomar decisiones. hoy no he hablado con nadie. qué importa. como si tuviese algo que hacer. como si algo estuviese esperando a que yo tomase una decisión. yo solamente quiero oir unas palabras. unas del tipo “levántate y anda”. seguramente me pondría a andar. hoy no he hablado con nadie.

en el espejo retrovisor no hay nada. desde él el camino que voy abandonando momento a momento. desde el camino que voy abandonando momento a momento mi coche. yo dentro. no le queda mucho a esta canción. me gusta esta canción. no le queda mucho a mi ocio. el trabajo está aquí. lavar gente. hacer camas. deshacer camas. mover gente. de un lado a otro.

un mensaje. tu padre está en el hospital. y lo primero que pienso es en si lo habrán ingresado en el que yo trabajo. sería mejor. luego me preocupo por él. en el umbral de la puerta de los vestuarios no hay nada. desde el umbral gente desvistiendose y vistiendose. desde la gente desvistiendose y vistiendose yo diciendo que mi padre ha sido ingresado. alguien pregunta si en este hospital. sería mejor. no lo sé. tengo que preguntarlo, pienso. tendrías que preguntarlo, me dicen. tengo que preguntarlo.

abandono el hospital. voy al hospital. en un hospital muevo gente, lavo gente, hago camas, deshago camas. en un hospital no hay camas, no hay gente, está mi padre. llego. entro en el ascensor. miro mi reflejo en la puerta del ascensor. en mis ojos no hay nada. desde mis ojos mi rostro. desde mi rostro algo indecible. la puerta se abre. el reflejo me abandona, mi rostro, lo indecible, se quedan mis ojos con esa nada que espera a que alguien le diga “levántate y anda”.

la habitación está vacía y mi padre está dentro. ¿y mamá?. es tan pequeña que casi no se la ve. se levanta de un silloncito que hay frente a la cama para saludarme. con pasitos cortos se acerca, me coje la cara como si fuese un cuenco para beber y me da un beso en la mejilla. 

              -no deberías trabajar en ese sitio.

              -no debería trabajar, mamá.

              -deberías relacionarte más con la gente. 

              -no me gustan las malas compañías.

              -acabarás solo al final.

              -es un buen comienzo.

las miradas de los tres confluyen en el ortocentro del triángulo que formamos. una bonita forma de evitarnos. una forma geométricamente impecable. la habitación está vacía. llena de espacios vacíos; de oquedades pasadas, de incertidumbres futuras. me muero. pero no le oigo decir eso. aunque es eso lo que debería haber dicho. me acerco al borde izquierdo de su cama. te mueres. te mueres. te mueres. aunque no es eso lo que le digo. no le digo nada. y no pienso en él. en mi mente no hay nada. abandonada. desde mi mente su respiración cada vez más trabajosa. desde su respiración yo, observando cómo se va deshaciendo su rostro en fría inercia. sin darme cuenta me pongo a calcular las respiraciones que hace por cada respiración mía. sin darme cuenta me propongo acompasar las respiraciones para que mi pecho se hinche a la vez que el suyo. mi madre llora. mi padre me coje de la mano. la aprieta un poco. no para quedarse aquí. la aprieta porque quiere llevarme con él. entiendo el gesto, agarro firmemente su mano.

su cuerpo se ha convertido en él. ya no es una imagen suya. ya no es un ejemplo de lo que debe ser su espiritu. ahora es él. está vacio. desde mi padre la muerte. desde la muerte algo indecible, algo más o menos como yo. 

 


Humilde y modesto comentario sobre “Aborto libre y progresismo” de Miguel Delibes.

Abril 13, 2008

(Esta entrada es un comentario mío a un artículo de opinión que salió en el ABC, escrito por Miguel Delibes. El artículo lo podéis encontrar en el vínculo de referencia que veréis al final.)

No deseo extenderme demasiado en este asunto, así que iré al grano. Expondré la argumentación de Delibes en los puntos que deseo resaltar y los comentaré:

1. Un grupo de personas se manifiestan a favor del aborto y esto significa que:

 

a)          Exigir un derecho es aceptar una acción que éste ampara como moralmente buena.

b)          Estar a favor del derecho a abortar es querer abortar.

 

Sobre el apartado a., el derecho no puede entenderse como un acto, un hecho consumado, sino como, podría decirse así, un espacio abierto que limita lo que es posible hacer de lo que no es posible hacer. Una sociedad en la que hay determinados derechos, es decir, en la que ciertos grupos o individuos pueden hacer determinadas cosas no es una sociedad más o menos buena. ¿Qué diríamos de una sociedad en la que la gente tiene derecho a mentir pero en la que nadie miente? ¿O una sociedad en la que se tiene derecho a la venganza pero en la que todo el mundo opta por perdonar? Cabe imaginar una comunidad de seres humanos en la que se contemple la legitimidad de hacer algo pero que sus integrantes decidan no hacerlo porque no les parece bueno, precismente por el mecanismo inverso aparecen nuevos derechos. 

Y por lo que respecta al apartado b., es absolutamente concebible el que alguien defienda el derecho al aborto pero que esa misma persona no desee hacerlo sino que, más bien, pensando en que no se trata siempre del individuo sino del grupo (mejor dicho, no siempre se trata de mi felicidad sino también de la de los otros), apueste por defender un derecho que en un momento dado puede significar la diferencia entre un mundo mejor o uno peor. ¿Habría que eliminar el derecho a la libertad de culto en una sociedad en la que no hay más que un solo culto? ¿Habría que acabar con el derecho a la sanidad en una sociedad en la que nadie enfermase?

El planteamiento de que la discusión sobre el establecimiento de un derecho es la discusión sobre el establecimiento de una moral (quiero decir, ojalá fuese así, ojalá que el derecho a la búsqueda de la felicidad de la Declaración de Independencia de los E.E.U.U. implicase algo más –o algo distinto- que el tener la opción de buscarla) es erroneo. La moral es el deber hacia uno mismo, el derecho es la posibilidad de no hacer caso a ese deber. Por así decirlo, y haciendo referencia a la referencia que hace Delibes, significa que el derecho es el reconocimiento de que no somos santos, no somos bestias, sino humanos.

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2. El óvulo fecundado es algo vivo por lo tanto es un proyecto de ser y esto significa que:

 

a)       En un futuro se convertirá en una persona.

b)       Como tal persona será portadora de derechos y deberes.

c)       El aborto es interrumpir ese proceso, por lo tanto, es negar la opción de reclamar tales derechos.

 

Para empezar se hace un flaco favor a la defensa de la vida cuando se la fundamenta en algo que puede llegar a ser. ¿Quiere decir que si la mujer supiese con certeza que tal proyecto no se va a dar podría ‘interrumpir la vida’? entonces estamos discutiendo la legitimidad de matar o no matar basándonos en la ignorancia de quien toma la decisión. ¿Dónde ponemos la linea de lo que es “convertirse en un ser”? ¿En la frontera natural de nacimiento? ¿en concepciones filosóficas? ¿en concepciones religiosas? ¿en lo que la ciencia vaya descubriendo? ¿por qué no identificar ‘vida’ y ‘ser’? ¿no sería así más sencillo? La razón de que Delibes no haga esta identificación es que si la hiciese estaría entrando en el terreno resbaladizo de indetificar una célula con una persona. De ahí que, según a., identifique proyecto de ser con proyecto de persona; no es difícil afirmar que el cigoto es una vida y eso sigfica que es un ser, pero resulta retorcer mucho el concepto de persona decir que lo es un organismo de unas centenas de células. Evidentemente, si a. es cierto entonces b. también lo es y de ahí se sigue c.; pero se incurre en un argumento falaz porque se establece que la acción en el presente de no interrumpir una vida (por cierto que nunca he entendido la diferencia que hay entre esta expresión y la palabra ‘matar’, supongo que es una diferencia ideológica) es la causa necesaria para que ese ser vivo llegue a ser una persona. Es decir, la falacia está en decir que matar un pequeño organismo es negarle los derechos a una persona. Para verlo claro, imaginemos una mujer que está embarazada de un mes y un ser omnisapiente le dice que su hijo caerá en coma un mes antes de nacer (más o menos cuando ya empieza a soñar) y así seguirá el resto de su existencia ¿sería moralmente encomiable el que esta mujer matara al embrión? Pienso que alguien antiabortista y coherente debería negarse a hacerlo, porque el acto seguiría siendo la interrupción de una vida. Sin embargo, según Delibes parece que estaría justificada moralmente acabar con ella.

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3. La libertad es algo que el embrión tiene, solo que no posee la voz que le permita reivindicarla.

 

Primeramente vale la pena señalar que Delibes no parece decidirse entre la opción de que la libertad del embrión forma parte de esa serie de potencialidades entre las que se cuenta también sus derechos y deberes o si, por otra parte, resulta ser un atributo que ya posee de facto pero que no tiene la voz para reclamarla. La primera acepción es ciertamente muy confusa, porque un ser vivo o es libre o no lo es y entrariamos entonces en el argumento falaz del punto 2. En la segunda acepción, más relevante en la argumentación de Delibes, parece que se intenta decir que, como la libertad existe como potencia (aristotélicamente hablando, imagino), ha de ser tenida en cuenta en tanto que posibilidad negada en el presente pero con la posibilidad de ser afirmada con “una voz” en el futuro. Si se ‘interrumpe la vida’ se está acallando tal voz. Pero, siguiendo esta argumentación, no solamente se incurriría en injusticia en los casos en los que se aborta, sino también en los que no se aborta, ya que podría darse el caso que este ser en potencia, en un futuro, se suicide con el sentimiento de que desearía no haber nacido. El permitir que el proceso de la vida continue o el no permitirlo puede ser una decisión de un ser humano (por lo tanto libre), sea sobre la vida de uno mismo o sobre la vida de otro, pero durante todo el proceso en el que el embrión pasa a ser feto, de ahí a ser bebe, y de ahí a crecer hasta ser persona, no se da la libertad de existir hasta que esa vida tiene de hecho el rango de persona y por lo tanto es capaz de decidir seguir vivo o no. Así que no se puede sostener el argumento de que no interrumpir la vida es preservar la libertad del embrión, más bien es dejar que, en lugar de estar sometido a la decisión de la madre, estará sometido al transcurrir de la naturaleza, en cualquiera de los dos casos no hay libertad alguna.

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4. “El derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos”.

 

El empleo de la palabra derecho aquí es harto confuso. ¿Quiere decir que es posible tener la opción de no poseer un cuerpo? ¿quiere decir que el embrión tiene derecho a decir ‘no’ a tener un cuerpo? Por supuesto aquí se está presuponiendo que hay algo que antecede o es diferente al cuerpo. Si es sólo de un cuerpo que podemos decir que está vivo o muerto ¿qué importancia tiene entonces para eso que antecede o es diferente al cuerpo poseer uno? Si yo digo que tengo derecho a opinar, o derecho a trabajar, o derecho a que me respeten, estoy reclamando algo como de mi propiedad, pero no me reclamo a mí mismo. Con todo, si la ciencia acabase por descubrir cuales son las bases neurobiológicas de eso a lo que llamamos consciencia, es decir, si se demostrase la identidad entre el cuerpo y el alma, ¿prescribiría entonces la ley moral que impide acabar con una vida porque ya no sería una cuestión de derecho?

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5. El esquema del ideario progresista es: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Por lo tanto:

 

a) Se entra en contradicción cuando se defiende al débil y a lo no violencia y, por otro parte, se apoya el acabar con la vida de un embrión.

b) Un verdadero progresista será aquel que esté en contra del derecho al aborto.

 

Sencillamente disparatada la afirmación 5, y digo disparatada porque resulta que lo que se afirma es que éste es el esquema del progresismo. Si ésta fuese su esencia, entonces alguien progresista no se diferenciaría en absoluto de, por ejemplo, un cristiano. Y con esto no quiero decir que no haya cristianos progresistas, pero si es necesario añadir el epíteto “progresista” es porque hay cristianos que no lo son, y, por lo tanto, progresista ha de ser otra cosa. Parece que Delibes, cuando ha pensado en progresistas, ha pensado en el movimiento hippie. Si se tuviese que hacer un esquema de lo que significa la palabra progresista seguramente habría que atender al sutil factor de lo que quiere decir progresar. De repente uno deja de ver la conexión necesaria entre este concepto y el apoyar al débil, el pacifismo y la no violencia. Progresar es, de algún modo, negar la posición en la que uno estaba anteriormente (espacial, temporal, moral, ideológica, filosófica, religiosa) afirmando una nueva en pos de cierto avance, cualitativo o cauntitativo. El progresismo parece ser entonces una perspectiva política que cree que el estado actual de cosas puede mejorarse. Quien no es progresista piensa, básicamente, que las cosas están bien como están, es más, algunos anti-progresistas hasta dirían que cualquier cambio solo conduce a una situación peor (caos, inseguridad, degradación moral etc, etc). Quizás a esto se refiere Miguel Delibes cuando dice que alguien socialmente avazado queda con el culo al aire si se opone al progresismo, es muy difícil para cualquiera defender racionalmente que el mundo actual es el mejor de los mundos posibles, a menos que esté diciendo que a él le va muy bien en la vida y que un cambio significaría perder algo de privilegio.  Si hubiese de pensar en algún ideario esquemático del progresismo me imagino que me inclinaría por aquel que decía que progresar consiste en abandonar la infancia para entrar en la mayoría de edad, dejar atrás la conciencia heterónoma para dar paso a la autónoma. Progresista siginifica no dejarse llevar por la voz de ninguna autoridad que no sea la de la racionalidad, la propia, que es humana y por tanto universal. Significa considerarse, y atreverse a hacerlo, un ser capaz de tomar decisiones que, basadas en la razón, intentan ser las óptimas para cada caso. Pero no solamente esto sino, además, significa considerar, y atreverse a hacerlo, que los otros también son capaces de ello porque, al igual que uno mismo, son seres racionales. En cierto sentido, progresista significa no tener miedo a la libertad, ni a la propia ni a la de los demás. Pero, de suyo, el progresista necesita, para ver cumplido el sueño de la autonomía, un espacio, y ese espacio recibe el nombre de Derecho. Quizás de esta forma, algún día, una sociedad compuesta por personas así acabará siendo verdaderamente una sociedad que apoye al débil, una sociedad más pacífica, menos violenta… pero no por no cometer un delito, no por miedo al castigo, sino porque un mundo así es un mundo mejor.

 

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 http://www.abc.es/hemeroteca/historico-20-12-2007/abc/Opinion/aborto-libre-y-progresismo_1641505572225.html 

 


sobre gustos. sobre arte

Abril 9, 2008

I´m making art.

I´m making art.

I´m making art.

I´m making art.

esta frase era lo que se podía escuchar cuando atravesamos Mayte y yo una de las galerías del MOMUK en Viena. la planta estaba dedicada al arte vienés de la segunda mitad del siglo XX. arte contemporaneo de vanguardia, así lo llaman.

I´m making art.

I´m making art.

I´m making art.

I´m making art.

la voz que decía esta frase era intencionadamente maquinal. monótona. bueno, decidimos sin mediar palabra alguna acercarnos al origen de esa cantinela. era una sala oscura de unos nueve metros cuadrados. lo justo para que cupiese una pantalla en la que se estaba proyectando la imagen en blanco y negro de un señor de pie sobre un fondo blanco, vestido con unos vaqueros y una raida camiseta, barbudo, de cabellos desaliñados. la imagen no era de muy buena calidad. pudimos comprobar que la grabacion era del 75 (creo recordar). cada vez que este hombre pronunciaba la frase I´m making art cambiaba la posición de sus brazos, se podía observar que el cambio llevaba a una posición distinta a las anteriores, consiguiendo de esa manera que cada acción, fruto de su voluntad, fuese única, fugaz, absolutamente personal y original, I´m making art. el video duraba dieciocho minutos, bueno, eso decía el cartel, no nos quedamos a comprobarlo, el concepto quedó claro tras seis cambios de postura y, la verdad, la sensación que nos producía tampoco era de esas que “no quieres que se acabe nunca” pero I´m making art. por lo que pudimos deducir mientras visitabamos el resto de las salas de esa planta, el museo repetía la proyección en plan moviola. la frase de marras nos estuvo acompañando como si de un slogan perverso se tratase. he de reconocer que yo soy muy sugestionable a estas cosas, así que mayte me tuvo que soportar el resto del día repitiendo

I´m making art

I´m making art

I´m making art

cuando hago una de estas visitas a ciudades de europa para contemplar el arte que allí tienen suelen abordarme los siguientes pensamientos. el arte tuvo durante tanto tiempo una dimensión religiosa, o mística si prefieres decirlo así; una forma de hacer accesible de algún modo la dimensión espiritual, dicho de este modo parece que creo que la hay. no sé si la hay. no lo sé. lo que sí que hubo en su momento fue toda una dimensión de lo sagrado, con su historia sagrada, sus objetos sagrados… como dice Eliade, un conjunto de cosas que tenían más peso real que lo profano. el arte, entonces, la manera de darle consistencia, presencia, decibilidad a lo sagrado, lo que ahora recibiría el nombre de lo verdaderamente importante. por lo tanto el arte era el instrumento principal para educar a la gente en una ideología, creando, a partir de representaciones de lo sagrado, modelos fijos de pensar y vivir lo sagrado. la norma de lo sagrado, de lo verdaderamente importante.

cuando el arte empezó su camino de independencia de lo sagrado hasta alcanzar su autonomía, esta autonomía fue por etapas. primero se hizo autónomo de la religión, después se hizo autónomo de la ciencia y por último se hizo autónomo de sí mismo. hay muchas maneras de nombrar a aquel estado en el que algo se escinde de sí mismo de tal manera que en tal desdoble llega al punto de no poder reconocerse a sí mismo, a mí a veces me gusta llamarlo estado esquizoide. cuando Duchaump puso su firma en una taza de retrete y lo llamó obra de arte, no sólo realizó un acto de rebeldía cotra los museos, contra los historiadores de arte y los críticos de arte. no solamente destrozó los límites entre el objeto ordinario y la obra de arte, poniendo de manifiesto que no se trata de cumplir con unos criterios sociales (o culturales) sino de que también se trata de una cuestión de voluntad, la voluntad de quien firmando quiere transformar esto en arte y la voluntad de quién quiere ver esto como arte. en fin, hizo patente lo que es uno de los angustiosos descubrimientos del siglo veinte: parece que nada es, necesariamente, sagrado (o verdaderamente importante, o que la elección nos compromete de tal forma que no tenemos lugar del que refugiarnos de nuestra responsabilidad).

Que el sistema (sea lo que sea eso, y al decir esto no estoy siendo vago) haya absorbido el acto realizado por Duchaump y ahora tengamos un vater expuesto en un museo es secundario. lo grave es que, como me sucedió a mí mismo en el mismo museo de Viena antes mencionado, vayas a sentarte en un sillón de una sala de exposiciones y venga a tí un vigilante enfadado, señalandote una linea blanca que rodea el suelo entorno al sillón, mostrándote que te acabas de sentar en una obra de arte. os lo juro, era un simple silloncito de cuero negro, pero luego me di cuenta que tenía en un lateral una frase que decía algo así como “depende de tí” en inglés, pintada con tipex. alguien dirá que la obra de arte no es el sillón, sino precisamente el suceso que os acabo de contar o, mejor dicho, la posibilidad que abre ese sillón en esas circunstancias. vale, está bien, lo acepto.

de alguna manera, este ejército de obras de arte no pasará a la historia. y qué, se me podría decir. eso digo yo, y qué. en otro museo, el palacio Belvedere, seguimos en Viena, había una planta dedicada al arte del siglo XIX y principios del XX. En una de las salas, montones de pinturas con naturalezas muertas y paisajes. aburridas, mudas, tan importantes como lo será un pequeño sillón de cuero negro con una frasecilla ingeniosa en el siglo XXIV. mayte y yo pasamos al lado de ellas casi sin mirarlas. en otro museo, el Leopold, Acimbolo, con sus rostros hechos a base de componer naturalezas muertas, lo mismo. estos cuadros sólamente tienen interés para que los que viven de la academia tenga material para sus diatribas estériles. pero de repente, en el Leopold, Rembrandt. tres autorretratos. en el más tardio, su mujer y su hijo ya habían muerto, prematuramente, su existencia se había convertido en un infierno, en los otros dos autorretratos mira de frente, te mira a los ojos, con el rostro razonablemente iluminado, razonablemente feliz. en el más tardío, hecho al final de sus días, el rostro está en penumbra, a penas se le entreven sus rasgos faciales, como si la vida se los hubiese robado casi por completo. ya no mira de frente, mira a otro lado, como esperando pacientemente la venida de algo, quizás de lo sagrado.

Walter Benjamin habla de eliminar el aura de sagrado en la obra de arte. su idea es la democratización del arte. quitarle ese velo de elitísmo que tiene. estoy absolutamente en sintonía con su sueño. pero se ha confundido reproductibilidad con producción en serie de mercancia. democratización con comercialización. el elitismo de los que lo disfrutan no ha cambiado demasiado, pero ahora ya no se trata de nobleza, ahora se trata de cuenta corriente. cuando hablo de estos temas no puedo evitar mencionar la película Abajo el telón de Tim Robins. una maravilla, si no la habéis visto vedla, por favor. en ella se cuenta a las claras que el arte actual apoyado por la élite, el que sobrevive gracias a su mecenazgo, es ese en el que no se dice nada, puedes ver en él lo que tú quieras ver, y si no ves nada, no importa, disimula, queda bien sobre la cómoda. el otro, el que dice algo, no conviene, porque como quería Van Gogh, el arte debe de hablar de la realidad, no sumir en sueños. la realidad no debe ser dicha. la realidad, si es mencionada, puede hacer crecer la insatisfacción, puede hacer reclamar a la gente. unir. decir que la realidad es como tú quieres que sea es perverso. la realidad no es lo que tú quieres que sea. como decía el otro día Vicente Ferrer, el mundo es lo que es, aquí y ahora. cerrar los ojos y encerrarse en mundos onanistas, sean los que sean, solo sirve para preservar el status quo, es decir, que unos sigan disfrutando de lo que disfrutan a costa de otros que sigan careciendo de lo que les pertence por derecho.

el arte, como siempre, sigue transmitiendo la enseñanza de lo que es sagrado. preguntaos vosotros y vosotras qué es lo que ahora se quiere normalizar como sagrado. es posible que sea tarea de los artistas de ahora, de todos nosotros, volver a desligarse de lo sagrado, para alcanzar a ver lo verdaderamente importante. a lo mejor en la oscuridad, como Rembrandt, mirando a otro lado, aunque una voz machacona nos repita una y otra vez

I´m making art

I´m making art

I´m making art


Un comienzo

Marzo 27, 2008

lazaro2.jpg

Esta es la primera vez que vi a Lázaro. Pido disculpas por mi poca habilidad con el dibujo y la pintura. Aun así deseaba comenzar mi relato con esta imagen.

 


Un nuevo comienzo es la continuación de lo reprimido

Marzo 27, 2008

Un nuevo comienzo es la continuación de lo reprimido. He decidido instalar en esta plataforma mi blog, tras haber tenido una especie de discusión sobre qué es arte y qué no lo es con Microsoft. Bueno, no importa. No voy aquí a explicar los pormenores de la anécdota. Baste decir que  tras ella se me quedó la sensación de no estar en mi casa sino de estar en Spaces como de inquilino molesto (aunque no quiero engañar, el número de visitas que recibo son insignificantes), por eso molestado sería un expresión más acertada. En fin, este será de momento mi nuevo hogar. Con el tiempo iré trasladando los materiales que allí están alojados. De todos modos, me gustaría aprovechar la ocasión para poder renovar algunos planteamientos. Estais invitados e invitadas. Bienvenidos y bienvenidas.