(este relato fue pensado en un principio como colaboración con Anadelia N. F., las ilustraciones son suyas)
No suelo ver niños vivos en este parque. Sé que es posible que estén en alguno de los muchos escondites secretos que hay por este lugar. Una noche me ocurrió que, caminando por un paseo de la zona oeste, observé cómo de una oquedad que formaban tres grandes setos surgía una manita, con la palma abierta hacia arriba, como si estuviese pidiendo algo, como si la criatura a la que pertenecía estuviese pidiendo que la sacasen de ese agujero. Me acerqué, aplastando con mis pasos la hierba húmeda como cabellos mojados por la niebla. Pregunté primero si se encontraba bien, pero no recibí respuesta alguna. Las sombras me impedían ver el resto del cuerpo. Aproximé las yemas de mis dedos hasta rozar suavemente las puntas de los suyos. En esa breve caricia pude percibir el eco de la muerte. Fría como las estatuas que pueblan este lugar, la mano no reaccionó.

Me arrodillé junto a ese objeto inerte que alguna vez había servido para agarrar la mano de alguna madre, lo cogí con fuerza y tiré de él. La sensación fue siniestra. Los infantes no pesan casi nada. Sus cuerpos todavía no están saturados de existencia como el de los adultos. Por eso es tan fácil que no arraiguen en este mundo. Pero en aquel caso la carencia de peso era sobrenatural. Al estirar, de la oscuridad surgió un antebrazo, después el brazo, pero no continuó apareciendo nada. El brazo había sido seccionado a la altura del hombro. A esas edades es difícil saber si pertenecía a un niño a una niña. Es ese tipo de dificultad que demuestra que la cuestión no es relevante. Esto pasó hace ya tiempo, y creo recordar que fue la última vez que pensé que podía encontrarme con un niño vivo en este lugar.
Hace dos noches, sin embargo, las cosas tomaron un rumbo inesperado. Estaba dando uno de mis paseos rutinarios por el parque cuando escuche una risa. Una risa que me produjo la sensación de alegría pero a la vez un profundo y frío sobrecogimiento, como si contuviese el mensaje de que toda alegría es pasajera como lo es la risa. Seguí mi camino. Algunas veces uno no sabe si ha oído o ha deseado oír. Últimamente esa clase de niños que vienen al parque andan en silencio, como perdidos, como si los residuos de sus conciencias vagasen por aquí buscando aquello que no pudieron encontrar en vida. Al final, uno echa de menos verlos jugar. Pero dos o tres árboles más adelante volví a escuchar algo, una especie de golpe en el suelo de gravilla, como si alguien se hubiese caído. Después escuché unos sollozos. Me dirigí a dónde se originaban los lamentos. Era una pequeña glorieta, un sitio un poco apartado de los senderos que recorren el parque por esa zona. Apoyado junto a una estatua había un niño vestido de colegial, con pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos. No parecía tener más de siete años. La tenue luz de la luna resaltaba la piel blanquecina de sus manos tapándose el rostro. Me acerqué a él.
-¿Eres un niño muerto?
- No…
- ¿Qué haces aquí entonces? No deberías estar aquí ¿Te has perdido?
- Sí… He perdido mi pelota.
Entonces comprendí.
- Hoy no te la podré dar, a lo mejor mañana.
Cogí al niño de la mano, confiadamente éste me acompañó. Pensé que no volvería a verlo. Pero me equivocaba. Ayer volvió a aparecer. No lo he visto casualmente, debo de confesar que he regresado al lugar donde ayer lo ví porque aquel encuentro me resultó, no sé, esperanzador. Acostumbrado a ver niños muertos me sentí de repente capaz de hacer algo, hacer que, al menos uno, encontrase lo que andaba buscando. Me quedé sentado a los pies de la estatua. Pasaron unos instantes de vacío y frío hasta que, de repente, un jolgorio apenas audible comenzó a venir hacia mi.
- Hoy estás contento.
- Sí.
- Pero sigues aquí.
- Sí.
- ¿Quieres que te devuelva la pelota? Te la doy y te saco de aquí.
- Nooooo, déjame quedarme hoy contigo.
- Está bien, pero solo un ratito.
Me ha acompañado mientras he estado cumpliendo con mis obligaciones. No es necesario que me extienda en ellas demasiado. Solamente diré que me encargo de revisar las cosas y de que estén en su sitio. Hemos ido adonde la rosaleda. Allí suele haber una niña, Ana, de cabello negro rizado y con unos grandes ojos azules, que llora porque ha perdido un zapato. Casi siempre lo acabo encontrando y cuando se lo pongo deja de llorar. Como suele pasar, Ana estaba de rodillas en la gravilla, buscando su zapato.
(Entre pucheros)
- ¿Qué te pasa, niña?
- ¿Dónde está mi zapato?
- ¿De qué color es tu zapato?
(Entre pucheros)

- Pues no sé, es igual que este.- Levanta la piernecita para que mire el otro zapato, pero no está.
- Ese pie no lleva zapato.
- ¡Es verdad! ¡me he equivocado! ¡es el otro!- Hoy el zapato extraviado era de color azul, eso es porque ha hecho un día soleado. Suele variar según el tiempo que hace, aunque a veces cambia según si entro por el lado norte o por el sur, o por el este o por el oeste.
Fue el niño quien lo encontró, Ana nos esperaba sentada en un banco, balanceando las piernas distraída. El niño me dio el zapato y se quedó de pie a cierta distancia de nosotros. Ana estiró la pierna izquierda dejando ver la rodillita magullada de buscar su zapato a gatas. Iba a colocar el zapato en ese pequeño pie cuando me detuve, y volviéndome hacia el niño, le ofrecí con un gesto disimulado el zapato de Ana. Pero él lo rechazó, negando enérgicamente con la cabeza. Así que se lo coloqué yo, haciéndola desaparecer por enésima vez este año.

Tras salir de la rosaleda, mi pequeña compañía y yo nos dirigimos a la fuente que hay junto al sauce llorón, más allá del estanque de los patos. No me he dado cuenta del detalle hasta ahora, mientras marcho hacia el parque una vez más, pero ayer, mientras caminábamos hacia la fuente, no era yo quién marchaba delante, tal y como ha sucedido en otros paseos con él, sino que yo era quien lo seguía. En esa fuente, las noches en las que la luna salía antes de ponerse el sol, un bebé caía de la tinaja que sostenía la estatua del centro, hundiéndose en el lecho verde de musgo.
Los peces lo rodeaban y empezaban a comérselo, si yo no llegaba a tiempo para espantarlos. Me costó mucho tiempo darme cuenta de estos hechos, porque el bebé nunca lloraba, solo se oía el “esplash” que producía al caer en el agua.
Cuando llegamos acababa de hacer ese ruido, así que yo apreté el paso para llegar a tiempo, antes de que los peces lo devorasen. Pero el niño me detuvo.
- ¡No!
- ¡Hey!, suéltame, tengo que cumplir con mi trabajo.
- ¡No!
Lógicamente, me zafé fácilmente de su presa, pero entonces mis pies se hundieron en el suelo, que se había convertido en fango, llegándome éste hasta las rodillas. Hice toda la fuerza que pude pero no conseguí liberarme del suelo. Entonces la fuente comenzó como a derretirse, como la arcilla blanda diluida. El agua de la fuente, libre de su prisión, se extendió por todo alrededor, mojándome la entrepierna. El bebé, como si fuese un barquito de papel, resbaló por el suelo hasta llegar a los pies del niño, él no se había hundido en el barro. Se inclinó sobre el bebé, que seguía en silencio, deshaciéndose poco a poco hasta desparecer en el barro.
- Espera, ¿a dónde quieres ir ahora?
(Silencio)
-¿Quieres seguir acompañándome?
(Silencio)
- Verás, tengo que ir a ver a alguien importante para mí.
- Sí, pero ella no va a estar.
- Siempre está, niño.
- Esta noche no, quédate conmigo.
- No puedo, ella me espera.
- Esta noche no.
(Silencio)
Comencé a caminar sólo, pensando que había perdido la ocasión de volver a ver al niño viviente. No hacía absolutamente nada de viento. Los árboles habían enmudecido. El suelo era como de goma. Las nubes no dejaban ver el cielo, quietas, absorbiendo todo el sonido y reflejando la luz enfermiza de las farolas. Así es como supe anoche que algo no iba a suceder. Pero nunca había sucedido eso. Ella siempre había estado. Siempre había estado, de una forma u otra.
El niño se había equivocado. Sí que estaba. Allí, donde siempre. Sentada sobre el césped. Apoyada en el olivo solitario que hay a la salida oeste del parque.
- Hola.
- Hola, ¿qué quieres?
- Nada, sólo quería saludar.
- Estoy esperando a alguien.
- Lo sé.
- Es mi amigo, bueno, todavía no, pero algún día lo será.
- ¿Ah sí?
- Sí. Todavía no se ha decidido, pero le gusto. Algún día será él quien me espere a mí.
- Algún día. Pero hoy no.
- ¿No?
- No, ¿ vienes conmigo?
- ….
- Yo no voy a hacerte daño, hoy no.
- Bueno.
Como todas las noches, intenta levantarse, como todas las noches no lo consigue.
- No puedo levantarme, tengo las piernas dormidas… Y mi falda… Esta mojada, ¡sangre!. DAMELAMANOPORFAVOR, ayúdame a levantarme.
- No necesitas levantarte.
Me senté junto a ella y la abracé, al final el niño viviente estaba en lo cierto, ayer por la noche algo fue distinto, ella no desapareció. El abrazo fue largo y doloroso, y yo lloré como hacía mucho que no lo había hecho.

A grandes rasgos, esto ha sido lo que he vivido estas dos últimas noches. La noche de hoy me espera agazapada entre los últimos rayos de sol, cuando el parque, ya cerrado, empieza a musitar las notas del silencio. Ya empiezo a verlos, como sombras que se ven por el rabillo del ojo, entre aquellos pinos. Tras el roble aquel. Entre los setos de aquel laberinto. Paseo tranquilo, seguro de que mis pensamientos no son escuchados por nadie. No dejo de pensar que el niño vivo volverá a aparecer, y para entonces estaré preparado. Mientras me voy acercando distraídamente al lugar donde, los viernes, suelo encontrarme con el padre y el hijo. El hijo sentado en el banco, disfrazado de fantasma, el padre a unos pocos metros de distancia, disfrazado de colegial. Siempre igual, siempre lo mismo. El niño fantasma parece cansado y aburrido, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada sobre sus pequeños puños cerrados. Atado al banco un globo de helio verde, suspendido justo sobre su cabeza. El padre colegial está jugando con una pelota, aun en la oscuridad se le pueden distinguir esas pequitas pintadas sobre sus mejillas. Pantalones cortos de tergal, camisa blanca de manga corta, y pajarita roja con lunares blancos.
No siempre actúo igual. Algunas veces me pongo a jugar con el padre a la pelota, él la tira y yo las paro entre una portería improvisada entre dos abetos. En otras ocasiones me siento junto al pequeño fantasma y me pongo a hablar con él, para ver si se anima un poco. Hoy no tengo ganas de hacer nada de eso. Ni siquiera tengo ganas de cumplir con mi tarea. Me quedo a cierta distancia de ellos. Observándolos. Es como si los tres estuviésemos en el fondo del mar. Todo es pesado. El aire se queda en el pecho, hinchando los pulmones sin querer salir.
- ¿No vas a hacer nada?- me pregunta una vocecita familiar. El niño viviente está justo detrás mío, yo ya había notado su presencia.
- No, hoy no.
- ¿Por qué?
- Imagino que porque quiero verlo otra vez.
- ¿Por qué?
- No lo sé… Quizás porque quiero que tú lo veas.
- Pero yo no quiero verlo.
- Estás aquí, deseas verlo.
- ¡No!
Pero no hace nada. Se queda ahí de pie. Quieto, como si se hubiese cruzado con una gran bestia salvaje. Y entonces sucede. Primero solamente se oye el crujir de un rama. Yo ya ni miro en la dirección del ruido. Pero el niño tiene la mirada fija en esa masa informe que se ha formado entre las sombras de la vegetación del vergel que hay junto al muro. Un olor fuerte invade la atmósfera. El suelo vibra con las pisadas de la bestia. Es un gran oso pardo, con las fauces abiertas, moviendo su horrible y gigantesco cuerpo con la lentitud previa a la violencia. El niño fantasma se vuelve en dirección a la bestia y a continuación corre asustado hacia su padre, dejándose el globo atado al banco.
- ¡No dejes que lo haga!- me llora el niño viviente.- ¡Por favor! ¡No dejes que lo haga!
El niño fantasma se agarra de la pierna de su padre. El oso se acerca al banco y se yergue sobre sus patas traseras. Con una de sus zarpas agarra el globo, arrancándolo de su amarre. El oso, como todos los viernes, me mira y una lágrima cae de por sus mejilla.
El niño fantasma mira hacia arriba, hasta encontrar los ojos de su padre, que no está mirando al oso, sino a él. El oso suelta el globo, elevándose este hasta perderse de vista. El niño fantasma ha perdido su disfraz. Yace en el suelo, con el cuello roto. Junto a él, de rodillas, su padre, disfrazado aun de colegial. Todo ha terminado.
- ¿Tienes ya lo que buscabas?
- ¿Es así como pasará?
- Más o menos.
- No podré hacer nada por evitarlo.
- Está aquí, eso significa algo, pero no que no lo puedas evitar.
- Bien, adiós.
El niño vestido de colegial comienza a andar, alejándose de mí. Pero se detiene:
- ¿Puedo llevarme la pelota?
- Claro, es tuya, llévatela.